Las aventuras de Tom Sawyer / Mark Twain; [traducción del inglés de J. Torroba] (2022)


Mark Twain

Las aventuras de Tom Sawyer / Mark Twain; [traducción del inglés de J. Torroba] (4)

Prefacio

La mayor parte delas aventuras relatadas en este libro son cosas que han sucedido:una o dos me ocurrieron a mí; el resto, a muchachos quefueron mis compañeros de escuela. HuckFinn está tomado del natural; Tom Sawyer también, pero no los de unasola persona: es una combinación de los rasgoscaracterísticos de tres mozalbetes conocidos míos, ypertenece, por tanto, arquitectónicamente, al ordencompuesto.

Todas las rarassupersticiones a que se hace alusión prevalecían enla época de esta historia, es decir, hace treinta o cuarentaaños, entre los niños y los esclavos en el Oeste.

Aunque este libroesté compuesto principalmente para solaz de muchachos ymuchachas, espero que no por eso haya de ser desdeñado porla gente talluda, pues entró también en mipropósito el intento de hacer que los mayores recordasen conagrado cómo fueron en otro tiempo y cómosentían y pensaban y hablaban, y en qué curiosostrances se vieron a veces enredados.

El Autor

Capítulo I

-¡Tom!

Silencio.

-¡Tom!

Silencio.

-¡Dónde andará metido ese chico!...,¡Tom!

La anciana sebajó las gafas y miró por encima todo alrededor delcuarto; después se las subió a la frente ymiró por debajo. Rara vez o nunca miraba a través delos cristales a cosa de tan poca monta como un chicuelo: eranaquéllas las gafas de ceremonia, su mayor orgullo,construidas para ornato, que no para servicio, y no hubiera vistomejor mirando a través de un par de coberteras. Sequedó un instante perpleja y dijo, no con cólera,pero lo bastante alto para que la oyeran los muebles:

-Bueno; pues teaseguro que si te echo la mano te voy a...

No terminóla frase, porque para entonces estaba agachada dando estocadas conla escoba por debajo de la cama; así es que necesitaba todosu aliento para puntuar los escobazos con resoplidos. Loúnico que consiguió desenterrar fue el gato.

-¡No se havisto cosa igual que ese chico!

Fue hasta lapuerta y se detuvo allí recorriendo con la mirada lasplantas de tomate y las hileras silvestres que constituíanel jardín. Ni sombra de Tom. Alzó, pues, la voz a unángulo de puntería calculado para larga distancia, ygritó:

-¡Tú!¡Toooom!

Oyó trasella un ligero ruido y se volvió a punto para atrapar a unrapaz por el borde de la chaqueta y detener su vuelo.

-¡Yaestás! ¡Que no se me haya ocurrido pensar en esadespensa!... ¿Qué estabas haciendo ahí?

-Nada.

-¿Nada?Mírate esas manos, mírate esa boca...¿Qué es eso pegajoso?

-No lo sé,tía.

-Bueno, pues yosí lo sé. Es dulce, eso es. Mil veces te he dicho quecomo no dejes en paz ese dulce te voy a despellejar vivo. Dame esavara.

La vara secernió en el aire. Aquello tomaba mal cariz.

-¡Diosmío! ¡Mire lo que tiene detrás, tía!

La ancianagiró en redondo, recogiéndose las faldas paraesquivar el peligro, y en ese mismo instante escapó elchico, se encaramó por la alta valla de tablas ydesapareció tras ella. Su tía Pollyse quedó un momento sorprendida, y después seechó a reír bondadosamente.

«¡Diablo de chico! ¡Cuándo acabaréde aprender sus mañas! ¡Cuántas jugarretas comoésta no me habrá hecho, y aún le hago caso!Pero las viejas bobas somos más bobas que nadie. Perro viejono aprende gracias nuevas, como suele decirse. Pero,¡Señor!, si no me la pega del mismo modo dosdías seguidos, ¿cómo va una a saber pordónde irá a salir? Parece que adivina hastadónde puede atormentarme antes de que llegue a montar encólera, y sabe, el muy pillo, que si logra desconcertarme ohacerme reír, todo se ha acabado y no soy capaz de pegarle.No; la verdad es que no cumplo mi deber para con este chico;ésa es la pura verdad. Tiene el diablo en el cuerpo, pero¡qué le voy a hacer! Es el hijo de mi pobre hermanadifunta, y no tengo entrañas para zurrarle. Cada vez que ledejo sin castigo me remuerde la conciencia, y cada vez que le pegose me parte el corazón. ¡Todo sea por Dios! Pocos sonlos días del hombre nacido de mujer y llenos detribulación, como dice la Escritura, y así lo creo.Esta tarde hará novillos y no tendré másremedio que hacerle trabajar mañana como castigo. Cosa duraes obligarle a trabajar los sábados, cuando todos losrapaces tienen asueto; pero aborrece el trabajo más queninguna otra cosa; yo tengo que ser un poco rígida conél, o voy a ser la perdición de eseniño».

Tom hizo, enefecto, novillos, y lo pasó en grande. Volvió a casacon el tiempo justo para ayudar a Jim, el negrito,a aserrar la leña para el día siguiente y a hacerastillas antes de la cena; pero, al menos, llegó a tiempopara contar sus aventuras a Jim mientraséste hacía tres cuartas partes de la tarea. Sid, elhermano menor de Tom -o mejor dicho, hermanastro-, ya habíadado fin a la suya de recoger astillas, pues era un muchachotranquilo, poca dado a aventuras ni calaveradas. Mientras Tomcenaba y escamoteaba terrones de azúcar cuando laocasión se le ofrecía, su tía le hacíapreguntas llenas de malicia y trastienda, con el intento de hacerlepicar el anzuelo y sonsacarle reveladoras confesiones. Como otrasmuchas personas, igualmente sencillas y candorosas, seenvanecía de poseer un talento especial para la diplomaciatortuosa y sutil, y se complacía en mirar sus másobvios y transparentes artificios como maravillas de arteraastucia. Así, le dijo:

-Hacíabastante calor en la escuela, Tom, ¿no es cierto?

-Sí,señora.

-Muchísimocalor, ¿verdad?

-Sí,señora.

-¿Y no teentraron ganas de irte a nadar?

Tom sintióuna vaga escama, un barrunto de alarmante sospecha. Examinóla cara de su tía Polly, pero nadasacó en limpio. Así es que contestó

-No, tía;vamos..., no muchas.

La ancianaalargó la mano y le palpó la camisa.

-Pero ahora notienes demasiado calor, con todo.

Y se quedótan satisfecha por haber descubierto que la camisa estaba seca sindejar traslucir qué era lo que tenía en las mientes.Pero bien sabía ya Tom de dónde soplaba el viento.Así es que se apresuró a parar el próximogolpe.

Algunos chicos nosestuvimos echando agua por la cabeza. Aún la tengohúmeda. ¿Ve usted?

La tíaPolly se quedó mohína,pensando que no había advertido aquel detalle acusador y,además, le había fallado un tiro. Pero tuvo una nuevainspiración.

-Dime, Tom: paramojarte la cabeza, ¿no tuviste que descoserte el cuello dela camisa por donde yo te lo cosí?¡Desabróchate la chaqueta!

Toda sombra dealarma desapareció de la faz de Tom. Abrió lachaqueta. El cuello estaba cosido, y bien cosido.

-¡Diablo dechico! Estaba segura de que habrías hecho novillos y de quete habrías ido a nadar. Me parece, Tom, que eres como gatoescaldado, como suele decirse, y mejor de lo que pareces. Al menos,por esta vez.

Le dolía unpoco que su sagacidad le hubiera fallado, y se complacía deque Tom hubiera tropezado y caído en la obediencia por unavez.

Pero Sid dijo:

-Pues mire usted,yo diría que el cuello estaba cosido con hilo blanco y ahoraes negro.

-¡Cierto quelo cosí con hilo blanco! ¡Tom!

Pero Tom noesperó al final. Al escapar gritó desde lapuerta:

-Sid, buena zurrate va a costar.

Ya en lugarseguro, sacó dos largas agujas que llevaba clavadas debajode la solapa. En una había enrollado hilo negro, y en laotra, blanco.

«Si no espor Sid no lo descubre. ¡Caray! Unas veces lo cose con blancoy otras con negro. ¡Por qué no se decidirá deuna vez por uno u otro! Así no hay quien lleve la cuenta.Pero Sid me las ha de pagar, ¡reconcho!»

No era elniño modelo del lugar. Al niño modelo loconocía de sobra, y lo detestaba con toda su alma.

Aún nohabían pasado dos minutos cuando ya había olvidadosus cuitas y pesadumbres. No porque fueran ni una pizca menosgraves y amargas de lo que son para los hombres de la edad madura,sino porque un nuevo y absorbente interés las redujo a lanada y las apartó por entonces de su pensamiento, del mismomodo que las desgracias de los mayores se olvidan en el anhelo y laexcitación de nuevas empresas. Este nuevo interés eracierta inapreciable novedad en el arte de silbar, en el que acababade adiestrarle un negro, y que ansiaba practicar a solas ytranquilo. Consistía en ciertas variaciones a estilo detrino de pájaro, una especie de líquido gorjeo queresultaba de hacer vibrar la lengua contra el paladar y que seintercalaba en la silbante melodía. Probablemente el lectorrecuerda cómo se hace, si es que ha sido muchacho algunavez. La aplicación y la perseverancia pronto le hicieron daren el quid, y echó a andar calle adelante con la bocarebosando armonías y el alma llena de regocijo.Sentía lo mismo que experimentaba el astrónomo aldescubrir una nueva estrella. No hay duda que en cuanto a lointenso, hondo y acendrado del placer, la ventaja estaba del ladodel muchacho, no del astrónomo.

Loscrepúsculos caniculares eran largos. Aún no era denoche. De pronto Tom suspendió el silbido: un forasteroestaba ante él; un muchacho que apenas le llevaba un dedo deventaja en la estatura. Un recién llegado, de cualquier edado sexo, era una curiosidad emocionante en el pobre lugarejo de SanPetersburgo. El chico, además, estaba bien trajeado, y esoen un día no festivo. Esto era simplemente asombroso. Elsombrero era coquetón; la chaqueta de paño azul,nueva, bien cortada y elegante; y a igual altura estaban lospantalones. Tenía puestos los zapatos, aunque no eramás que viernes. Hasta llevaba corbata: una cinta de coloresvivos. En toda su persona había un aire de ciudad que ledolía a Tom como una injuria. Cuanto más contemplabaaquella esplendorosa maravilla, más alzaba en el aire lanariz, con un gesto de desdén por aquellas galas, ymás rota y desastrada le iba pareciendo su propiavestimenta. Ninguno de los dos hablaba. Si uno se movía,movíase el otro; pero sólo de costado, haciendorueda. Seguían cara a cara y mirándose a los ojos sinpestañear. Al fin, Tom dijo:

-Yo te puedo.

-Pues anda y hazla prueba.

-Pues síque te puedo.

-¡A queno!

-¡A quesí!

-¡A queno!

Siguió unapausa embarazosa. Después prosiguió Tom:

-¿Ytú, cómo te llamas?

-¿Y a tiqué te importa?

-Pues si me da lagana vas a ver si me importa.

-Pues ¿porqué no te atreves?

-Como hables mucholo vas a ver.

-¡Mucho...,mucho..., mucho!

-Tú tecrees muy gracioso, pero con una mano atada atrás te puedodar una tunda si quiero.

-¿A que nome la das?

-¡Vaya unsombrero!

-Puesatrévete a tocármelo.

-Lo que erestú es un mentiroso.

-Más erestú.

-Como me digascosas agarro una piedra y te la estrello en la cabeza.

-¡A queno!

-Lo que tútienes es miedo.

-Más tienestú.

Otra pausa, ymás miradas, y más vueltas alrededor. Despuésempezaron a empujarse hombro con hombro.

-Vete deaquí -dijo Tom.

-Vete tú-dijo el otro.

-No quiero.

-Pues yotampoco.

Y asísiguieron, cada uno apoyado en una pierna como en un puntal, y losdos empujando con toda su alma y lanzándose furibundasmiradas. Pero ninguno sacaba ventaja. Después de forcejearhasta que ambos se pusieron encendidos y arrebatados, los doscedieron en el empuje, con desconfiada cautela, y Tom dijo

-Tú eres unmiedoso y un mamón. Voy a decírselo a mi hermanogrande, que te puede deshacer con el dedo meñique.

-¡Bastanteme importa de tu hermano! Tengo yo uno mayor que el tuyo y que silo coge lo tira por encima de esa cerca.

Ambos hermanoseran imaginarios.

Eso esmentira.

-¡Porquetú lo digas!

Tom hizo una rayaen el polvo con el dedo gordo del pie y dijo:

-Atrévete apasar de aquí y soy capaz de pegarte hasta que no te puedastener. El que se atreva se la gana.

El reciénvenido traspasó enseguida la raya y dijo:

-Ya está; aver si haces lo que dices.

No te vengas conésas; anda con ojo.

-Bueno, pues¡a que no lo haces!

-¡A quesí! Por dos centavos lo haría.

El reciénvenido sacó dos centavos del bolsillo y se los alargóburlonamente.

Tom lostiró contra el suelo.

En el mismoinstante rodaron los dos chicos, revolcándose en la tierra,agarrados como dos gatos, y durante un minuto forcejearon:asiéndose del pelo y de las ropas se apuñaron yarañaron las narices, y se cubrieron de polvo y de gloria.Cuando la confusión tomó forma, a través de lapolvareda de la batalla, apareció Tom sentado a horcajadassobre el forastero y moliéndolo a puñetazos.

-¡Date porvencido!

El forastero nohacía sino luchar para libertarse. Estaba llorando, sobretodo de rabia.

-¡Date porvencido! -y siguió el machacamiento.

Al fin elforastero balbuceó un «me doy», y Tom ledejó levantarse y dijo:

-Eso para queaprendas. Otra vez ten ojo con quién te metes. El vencido semarchó sacudiéndose el polvo de la ropa, entre hiposy sollozos, y de cuando en cuando se volvía moviendo lacabeza y amenazando a Tom con lo que le iba a hacer «laprimera vez que lo cogiera». A lo cual Tom respondiócon mofa, y se echó a andar con orgulloso continente. Perotan pronto corno volvió la espalda, su contrariocogió una piedra y se la arrojó, dándole enmitad de la espalda, y enseguida volvió grupas ycorrió como un antílope. Tom persiguió altraidor hasta su casa, y supo así dónde vivía.Tomó posiciones por algún tiempo junto a la puertadel jardín y desafió a su enemigo a salir a campoabierto; pero el enemigo se contentó con sacarle la lengua yhacerle muecas detrás de la vidriera. Al fin aparecióla madre del forastero, y llamó a Tom malo, tunante yordinario, ordenándole que se largase de allí. Tom sefue, pero no sin prometer antes que aquel chico se laspagaría.

Llegó muytarde a casa aquella noche, y al encaramarse cautelosamente a laventana, cayó en una emboscada preparada por su tía,la cual, al ver el estado en que traía las ropas, seafirmó en la resolución de tomar al asueto delsábado en cautividad y trabajos forzados.

Capítulo II

Llegó lamañana del sábado y el mundo estival aparecióluminoso, fresco y rebosante de vida. En cada corazónresonaba un canto, y si el corazón era joven, lamúsica subía hasta los labios. Todas las carasparecían alegres, y los cuerpos, anhelosos de movimiento.Las acacias estaban en flor y su fragancia saturaba el aire.

El monte deCardiff, al otro lado del pueblo, y alzándose por encima deél, estaba todo cubierto de verde vegetación y lobastante alejado para parecer como una deliciosa tierra prometidaque invitaba al reposo y al ensueño.

Tomapareció en la calle con un cubo de lechada y una brochaatada en la punta de una pértiga. Echó una mirada ala cerca y la naturaleza perdió toda alegría, y unaaplanadora tristeza descendió sobre su espíritu.¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Lepareció que la vida era vana y sin objeto y la existenciauna pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y lapasó a lo largo del tablón más alto;repitió la operación; la volvió a repetir;comparó la insignificante franja enjalbegada con el vastocontinente de cerca sin encalar, y se sentó sobre el boj,descorazonado. Jim salió a lapuerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando«Las muchachas de Buffalo». Acarrearagua desde la fuente del pueblo había sido siempre a losojos de Tom cosa aborrecible; pero entonces no le parecióasí. Se acordó de que allí no faltabacompañía. Allí había siempre rapaces deambos sexos, blancos, mulatos y negros, esperando vez, y entretantoholgazaneaban, hacían cambios, reñían, sepegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuentesólo distaba ciento cincuenta varas, jamás estaba devuelta Jim con una balde de agua en menos de unahora, y aun entonces era porque alguno había tenido que iren su busca. Tom le dijo:

-Oye, Jim: yo iré a traer el agua sitú encalas un pedazo. Jimsacudió la cabeza y contestó:

-No puedo, amoTom. El ama vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y noentretenerme con nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom mepediría que encalase, y que lo que tenía yo que hacerera andar listo y no ocuparme más que de lo mío...,que ella se ocuparía del encalado.

-No te importe loque haya dicho, Jim. Siempre dice lomismo. Déjame el balde, y no tardo ni un minuto. Yaverás cómo no se entera.

-No me atrevo, amoTom. El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras quesí!

-¿Ella?...Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿aquién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hacedaño, al menos que se ponga a llorar. Jim,te daré una canica. Te daré una de las blancas.

Jim empezó a vacilar.

-Una blanca,Jim, y es de primera.

-¡Anda!¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grandeal ama vieja.

Pero Jim era débil, de carne mortal. Latentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo ycogió la canica. Un instante después iba volandocalle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en lasposaderas; Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla conuna zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en losojos.

Pero laenergía de Tom duró poco. Empezó a pensar entodas las diversiones que había planeado para aqueldía, y sus penas se exacerbaron. Muy pronto los chicos quetenían asueto pasarían retozando, camino de lastentadoras excursiones, y se reirían de él porquetenía que trabajar..., y esta idea le encendía lasangre como un fuego. Sacó todas sus mundanales riquezas yles pasó revista: pedazos de juguetes, tablas y desperdiciosheterogéneos; lo bastante quizá para lograr un cambiode tareas, pero no lo suficiente para poderlo trocar por media horade libertad completa. Se volvió, pues, a guardar en elbolsillo sus escasos recursos, y abandonó la idea deintentar el soborno de los muchachos. En aquel tenebroso ydesesperado momento sintió una inspiración.Cogió la brocha y se puso tranquilamente a trabajar. BenRogers apareció a la vista en aquelinstante; de entre todos los chicos, era de aquélprecisamente de quien más había temido las burlas.Ben venía dando saltos y zapatetas, señal evidente deque tenía el corazón libre de pesadumbres y grandesesperanzas de divertirse. Estaba comiéndose una manzana, yde cuando en cuando lanzaba un prolongado y melodioso alarido,seguido de un bronco y profundo «ti-lín,ti-lín, ti-lón, ti-lín, ti-lín,ti-lón», porque venía imitando a un vapor delMississipi. Al acercarse acortó la marcha, enfilóhacia el medio de la calle, se inclinó hacia estribor ytomó la vuelta de la esquina pesadamente y con gran aparatoy solemnidad, porque estaba representando al Gran Missouri y se consideraba a símismo con nueve pies de calado. Era buque, capitán y campanade las máquinas, todo en una pieza; y así es quetenía que imaginarse de pie en su propio puente, dandoórdenes y ejecutándolas.

-¡Para!¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! (Laarrancada iba disminuyendo y el barco se acercaba lentamente a laacera). ¡Máquina atrás!¡Ti-lín-lin-lin! (Con los brazos rígidos,pegados a los costados). ¡Atrás la de estribor!¡Ti-lín-lin-lin! ¡Chu-chu-chu! (Entretantoel brazo derecho describía grandes círculos porquerepresentaba una rueda de cuarenta pies de diámetro).¡Atrás la de babor! ¡Ti-lín,ti-lín, ti-lín!... (El brazo izquierdoempezó a voltear). ¡Avante la de babor!¡Alto la de estribor! ¡Despacio a babor! ¡Listocon la amarra! ¡Alto! ¡Ti-lín, ti-lín,ti-lín! ¡Chistsss!... (Imitando las llaves deescape).

Tom siguióencalando, sin hacer caso del vapor. Ben se le quedó mirandoun momento y dijo:

-¡Je, je!Las estás pagando, ¿eh?

Se quedósin respuesta. Tom examinó su último toque con miradade artista; después dio otro ligero brochazo yexaminó, como antes, el resultado. Ben atracó a sucostado. A Tom se le hacia la boca agua pensando en la manzana,pero no cejó en su trabajo.

-¡Hola,compadre! -le dijo Ben-. Te hacen trabajar, ¿eh?

-¡Ah!¿Eres tú, Ben? No te había visto.

-Oye, me voy anadar. ¿No te gustaría venir? Pero, claro, tegustará más trabajar. Claro que tegustará.

Tom se lequedó mirando un instante y dijo:

-¿Aqué llamas tú trabajo?

-¡Qué! ¿No es eso trabajo?

Tom reanudósu blanqueo y le contestó, distraídamente:

-Bueno, puede serque lo sea y puede que no. Lo único que sé es que legusta a Tom Sawyer.

-¡Vamos!¿Me vas a hacer creer que a ti te gusta?

La brochacontinuó moviéndose.

-¿Gustar?No sé por qué no va a gustarme. ¿Es que ledejan a un chico blanquear una cerca todos los días?

Aquello puso lacosa bajo una nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana.Tom movió la brocha, coquetonamente, atrás yadelante; se retiró dos pasos para ver el resultado. Y entanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada vezmás y más interesado y absorto. Al fin dijo

-Oye, Tom:déjame encalar un poco.

Tomreflexionó. Estaba a punto de acceder, pero cambió depropósito.

-No, no; eso nopodría ser, Ben. Ya ves..., mi tía Polly es muy exigente para esta cerca,porque está aquí, en mitad de la calle,¿sabes? Pero si fuera la cerca trasera no meimportaría, ni a ella tampoco. No sabes tú lo que lepreocupa esta cerca; hay que hacerlo con la mar de cuidado; puedeser que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil, que puedaencalarla de la manera que hay que hacerlo.

-¡Quia!...¿Lo dices de veras? Vamos, déjame que pruebe un poco,nada más que una miaja. Si tú fueras yo, tedejaría, Tom.

-De veras quequisiera dejarte, Ben; pero la tía Polly... Mira Jimtambién quiso, y ella no le dejó. Sid tambiénquiso, y no lo consintió. ¿Ves por qué nopuedo dejarte? ¡Si tú fueras a encargarte de estacerca y ocurriese algo!

Anda..., ya loharé con cuidado. Déjame probar. Mira, te doy elcorazón de la manzana.

-No puede ser. No,Ben; no me lo pidas; tengo miedo...

-¡Te la doytoda!

Tom leentregó la brocha, con desgana en el semblante y conentusiasmo en el corazón. Y mientras el ex vapor GranMissouri trabajaba y sudaba al sol,el artista retirado se sentó allí cerca, en unabarrica, a la sombra, balanceando las piernas, se comió lamanzana y planeó el degüello de más inocentes.No escaseó el material: a cada momento aparecíanmuchachos; venían a burlarse, pero se quedaban a encalar.Para cuando Ben se rindió de cansancio, Tom había yavendido el turno siguiente a Billy Fisher poruna cometa en buen uso; cuando éste se quedóaniquilado, Johnny Millercompró el derecho por una rata muerta con un bramante parahacerla girar, y así siguió y siguió hora trashora. Y cuando avanzó la tarde, Tom, que por lamañana había sido un chico en la miseria, nadabamaterialmente en riquezas. Tenía, además de las cosasque he mencionado, doce tabas, parte de un cornetín, untrozo de vidrio azul de botella para mirar las cosas através de él, un carrete, una llave incapaz de abrirnada, un pedazo de tiza, un tapón de cristal, un soldado deplomo, un par de renacuajos, seis cohetillos, un gatito tuerto, untirador de puerta, un collar de perro (pero sin perro), el mango deun cuchillo y una falleba destrozada. Había, entretanto,pasado una tarde deliciosa, en la holganza, con abundante y gratacompañía, y la cerca ¡tenía tres manosde cal! A no habérsele agotado las existencias de lechada,habría hecho declararse en quiebra a todos los chicos dellugar.

Tom sedecía que, después de todo, el mundo no era unpáramo. Había descubierto, sin darse cuenta, uno delos principios fundamentales de la humana conducta, a saber: quepara hacer que alguien, hombre o muchacho, anhele alguna cosa,sólo es necesario hacerla difícil de conseguir. Sihubiese sido un eximio y agudo filósofo, como el autor deeste libro, hubiera comprendido entonces que el trabajo consiste enlo que estamos obligados a hacer, sea lo que sea, y que el juegoconsiste en aquello a lo que no se nos obliga. Y esto leayudaría a entender por qué confeccionar floresartificiales o andar en el tread-mill1es trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el Mont-Blancno es más que divertimiento. Hay en Inglaterra caballerosopulentos que durante el verano guían las diligencias decuatro caballos y hacen el servicio diario de veinte o treintamillas porque el hacerlo les cuesta mucho dinero; pero si se lesofreciera un salario por su tarea, eso la convertiría entrabajo, y entonces dimitirían.

Capítulo III

Tom sepresentó ante su tía, que estaba sentada junto a laventana, abierta de par en par, en un alegre cuartito de lastraseras de la casa, el cual servía a la vez de alcoba,comedor y despacho.

La tibieza delaire estival, el olor de las flores y el zumbido adormecedor de lasabejas habían producido su efecto, y la anciana estaba dandocabezadas sobre la calceta..., pues no tenía otracompañía que la del gato, y éste se hallabadormido sobre su falda. Estaba tan segura de que Tom habríaya desertado de su trabajo hacía mucho rato, que sesorprendió de verle entregarse así, con talintrepidez, en sus manos. Él dijo

-¿Me puedoir a jugar, tía?

-¡Qué! ¿Tan pronto? ¿Cuánto hasenjalbegado?

-Ya estátodo, tía.

-Tom, no memientas. No lo puedo sufrir.

-No miento,tía; ya está hecho todo.

La tíaPolly confiaba poco en tal testimonio.Salió a ver por sí misma, y se hubiera dado porsatisfecha con haber encontrado un veinticinco por ciento de verdaden lo afirmado por Tom. Cuando vio toda la cerca encalada, y nosólo encalada, sino primorosamente repasada con varias manosde lechada, y hasta con una franja de añadidura en el suelo,su asombro no podía expresarse en palabras.

-¡Alabadosea Dios! -dijo-. ¡Nunca lo creyera! No se puede negar: sabestrabajar cuando te da por ahí-. Y despuésañadió, aguando el elogio: -Pero te da por ahírara vez, la verdad sea dicha. Bueno, anda a jugar; peroacuérdate y no tardes una semana en volver, porque te voy atundir.

Tan emocionadaestaba por la brillante hazaña de su sobrino, que lollevó a la despensa, escogió la mejor manzana y se laentregó, juntamente con una edificante disertaciónsobre el gran valor y el gusto especial que adquieren los donescuando nos vienen no por pecaminosos medios, sino por nuestropropio virtuoso esfuerzo. Y mientras terminaba con un oportunolatiguillo bíblico, Tom le escamoteó unarosquilla.

Después sefue dando saltos, y vio a Sid en el momento en que empezaba a subirpor la escalera exterior que conducía a las habitacionesaltas, por detrás de la casa. Había abundancia deterrones a mano, y el aire se llenó de ellos en un segundo.Zumbaban en tomo de Sid como una granizada, y antes de que latía Polly pudiera volver desu sorpresa y acudir en socorro, seis o siete pedazos habíanproducido efecto sobre la persona de Sid, y Tom habíasaltado la cerca y desaparecido. Había allí unapuerta; pero Tom, por regla general, andaba escaso de tiempo parapoder usarla. Sintió descender la paz sobre suespíritu una vez que ya había ajustado cuentas conSid por haber descubierto lo del hilo, poniéndole endificultades.

Dio la vuelta atoda la manzana y vino a parar a una calleja fangosa, pordetrás del establo donde su tía tenía lasvacas. Ya estaba fuera de todo peligro de captura y castigo, y seencaminó apresurado hacia la plaza pública delpueblo, donde dos batallones de chicos se habían reunidopara librar una batalla, según tenían convenido. Tomera general de uno de los dos ejércitos; JoeHarper (un amigo del alma), general del otro. Estoseximios caudillos no descendían hasta luchar personalmente-eso se quedaba para la morralla-, sino que se sentaban mano a manoen una eminencia y desde allí conducían las marcialesoperaciones dando órdenes que transmitían susayudantes de campo. El ejército de Tom ganó una granvictoria tras rudo y tenaz combate. Después se contaron losmuertos, se canjearon prisioneros y se acordaron lostérminos del próximo desacuerdo; y hecho esto, losdos ejércitos formaron y se fueron, y Tom se volviósolo hacia su morada.

Al pasar junto ala casa donde vivía Jeff Thatchervio en el jardín a una niña desconocida: una lindacriaturita de ojos azules, con el pelo rubio peinado en dos largastrenzas, delantal blanco de verano y pantalón con puntillas.El héroe, recién coronado de laureles, cayósin disparar un tiro. Una cierta Amy Lawrence sedisipó en su corazón y no dejó ni un recuerdoatrás. Se había creído locamente enamorado,habíale parecido su pasión un fervoroso culto, y heaquí que no era más que una trivial y efímeradebilidad. Había dedicado meses a su conquista; apenashacía una semana que ella se había rendido;había él sido durante siete breves días elmás feliz y orgulloso de los chicos, y allí, en uninstante, la había despedido de su pecho sin unadiós.

Adoró aesta repentina y seráfica aparición con furtivasmiradas, hasta que notó que ella le había visto;fingió entonces que no había advertido su presencia,y empezó «a presumir» haciendo toda suerte deabsurdas e infantiles habilidades para ganarse suadmiración. Continuó por un rato la grotescaexhibición; pero a poco, y mientras realizaba ciertosejercicios gimnásticos arriesgadísimos, vio con elrabillo del ojo que la niña se dirigía hacia la casa.Tom se acercó a la valla y se apoyó en ella afligido,con la esperanza de que aún se detendría un rato.Ella se paró un momento en los escalones y avanzóhacia la puerta. Tom lanzó un hondo suspiro al verle ponerel pie en el umbral; pero su faz se iluminó de pronto, puesla niña arrojó un pensamiento por encima de la vallaantes de desaparecer. El rapaz echó a correr y doblóla esquina, deteniéndose a corta distancia de la flor; yentonces se entoldó los ojos con la mansa y empezó amirar calle abajo, como si hubiera descubierto en aquelladirección algo de gran interés. Despuéscogió una paja del suelo y trató de sostenerla enequilibrio sobre la punta de la nariz, echando hacia atrásla cabeza; y mientras se movía de aquí paraallá, para sostener la paja, se fue acercando más ymás al pensamiento, y al cabo le puso encima su pie desnudo,lo agarró con prensiles dedos, se fue con élrenqueando y desapareció tras la esquina. Pero nadamás que por un instante; el preciso para colocarse la floren un ojal, por dentro de la chaqueta, próxima alcorazón o probablemente al estómago, porque no eraducho en anatomía, y en modo alguno supercrítico.

Volvióenseguida y rondó en torno de la valla hasta la noche,«presumiendo» como antes; pero la niña no sedejó ver, y Tom se consoló pensando que quizáse habría acercado a alguna ventana y habría vistosus homenajes. Al fin se fue a su casa de mala gana, con la cabezallena de ilusiones.

Durante la cenaestaba tan inquieto y alborotado, que su tía se preguntaba«qué es lo que le pasaría a ese chico».Sufrió una buena reprimenda por el apedreamiento, y no leimportó ni un comino. Trató de robar azúcar, yrecibió un golpe en los nudillos. Tía -dijo-, a Sidno le pegas cuando la coge.

-No; pero no laatormenta a una como me atormentas tú. No quitaríasmano al azúcar si no te estuviera mirando.

A poco semetió la tía en la cocina, y Sid, glorioso de suinmunidad, alargó la mano hacia el azucarero, lo cual eraalarde afrentoso para Tom, a duras penas soportable. Pero a Sid sele escurrieron los dedos y el azucarero cayó y se hizopedazos. Tom se quedó suspenso, en un rapto dealegría; tan enajenado, que pudo contener la lengua yguardar silencio. Pensaba que no diría palabra, ni siquieracuando entrase su tía, sino que seguiría sentado yquedo hasta que ella preguntase quién había hecho elestropicio; entonces se lo diría, y no habría cosamás gustosa en el mundo que ver al «modelo»atrapado. Tan entusiasmado estaba que apenas se pudo contenercuando volvió la anciana y se detuvo ante las ruinas,lanzando relámpagos de cólera por encima de lasgafas. «¡Ahora se arma!», pensó Tom. Y enel mismo instante estaba despatarrado en el suelo. La recia manovengativa estaba levantada en el aire para repetir el golpe, cuandoTom gritó:

-¡Quieta!¿Por qué me zurra? ¡Sid es el que lo haroto!

TíaPolly se detuvo perpleja, y Tom esperabauna reparadora compasión. Pero cuando ella recobró lapalabra, se limitó a decir:

-¡Vaya! Note habrá venido de más la tunda, se me figura. Deseguro que habrás estado haciendo alguna otra trastadamientras yo no estaba aquí.

Después leremordió la conciencia, y ansiaba decir algo tierno ycariñoso; pero pensó que esto se interpretaríacomo una confesión de haber obrado mal, y la disciplina nose lo permitió; prosiguió, pues, sus quehaceres conun peso sobre el corazón. Tom, sombrío yenfurruñado, se agazapó en un rincón, yexageró, agravándolas, sus cuitas. Bien sabíaque su tía estaba, en espíritu, de rodillas anteél, y eso le proporcionaba una triste alegría. Noquería arriar la bandera ni darse por enterado de lasseñales del enemigo. Bien sabía que una miradaansiosa se posaba sobre él de cuando en cuando, através de lágrimas contenidas; pero se negaba areconocerlo. Se imaginaba a sí mismo postrado y moribundo ya su tía inclinada sobre él, mendigando una palabrade perdón; pero volvía la cara a la pared, ymoría sin que la palabra llegase a salir de sus labios.¿Qué pensaría entonces su tía? Y sefiguraba traído a casa desde el río, ahogado, con losrizos empapados, las manos flácidas y su míserocorazón en reposo. ¡Cómo se arrojaríasobre él, y lloraría a mares, y pediría a Diosque le devolviese su chico, jurando que nunca volvería atratarle mal! Pero él permanecería pálido yfrío, sin dar señal de vida...; ¡pobremártir cuyas penas habían ya acabado para siempre! Detal manera excitaba su enternecimiento con lo patético deesos en sueños, que tenía que estar tragando saliva,a punto de atosigarse; y sus ojos enturbiados nadaban en agua, lacual se derramaba al parpadear y se deslizaba y caía a gotaspor la punta de la nariz. Y tal voluptuosidad experimentaba almirar y acariciar así sus penas, que no podía tolerarla intromisión de cualquier alegría terrena o decualquier inoportuno deleite; era cosa tan sagrada que noadmitía contactos profanos; y por eso, cuando su primaMary entró dando saltos decontenta, encantada de verse otra vez en casa después de unaeterna ausencia de una semana en el campo, Tom se levantó y,sumido en brumas y tinieblas, salió por una puerta cuandoella entró por la otra trayendo consigo la luz y laalegría. Vagabundeó lejos de los sitios frecuentadospor los rapaces y buscó parajes desolados, en armoníacon su espíritu. Una larga almadía de troncos, en laorilla del río, le atrajo, y sentándose en el borde,sobre el agua, contempló la vasta y desoladaextensión de la corriente. Hubiera deseado morir ahogado;pero de pronto y sin darse cuenta, y sin tener que pasar por eldesagradable y rutinario programa ideado para estos casos por lanaturaleza. Después se acordó de su flor. Lasacó, estrujada y lacia, y su vista acrecentó en altogrado su melancólica felicidad. Se preguntó si ellase compadecería si lo supiera. ¿Lloraría?¿Querría poder echarle los brazos al cuello yconsolarlo? ¿O le volvería fríamente laespalda, como todo el resto de la humanidad? Esta visión lecausó tales agonías de delicioso sufrimiento, que lareprodujo una y otra vez en su magín y la volvía aimaginar con nuevos y variados aspectos, hasta dejarla gastada ypelada por el uso. Al fin se levantó dando un suspiro, ypartió entre las sombras. Serían las nueve y media olas diez cuando vino a dar a la calle, ya desierta, dondevivía la amada desconocida. Se detuvo un momento:ningún ruido llegó a sus oídos; unabujía proyectaba un mortecino resplandor sobre la cortina deuna ventana del piso alto. ¿Estaba ella allí?Trepó por la valla; marchó con cauteloso paso porentre las plantas hasta llegar bajo la ventana; miró haciaarriba largo rato, emocionado; después se echó en elsuelo, tendiéndose de espaldas, con las manos cruzadas sobreel pecho y en ellas la pobre flor marchita Y así quisieramorir..., abandonado de todos, sin cobijo sobre su cabeza, sin unamano querida que enjugase el sudor de su frente, sin una cara amigaque se inclinase sobre él, compasiva, en el trance final. Yasí lo vería ella cuando se asomase a mirar laalegría de la mañana..., y ¡ay!,¿dejaría caer una lágrima sobre el pobrecuerpo inmóvil, lanzaría un suspiro al ver una vidajuvenil tan intempestivamente tronchada?

La ventana seabrió; la voz áspera de una criada profanó elaugusto silencio, y un diluvio de agua dejó empapados losrestos del mártir tendido en tierra.

El héroe,medio ahogado, se irguió de un salto, resoplando; seoyó el zumbido de una piedra en el aire, entremezclado conel murmullo de una imprecación; después, como unestrépito de cristales rotos, y una diminuta forma fugitivasaltó por encima de la valla y se alejó, disparada,en las tinieblas.

Pocodespués, cuando Tom, desnudo para acostarse, examinaba susropas remojadas a la luz de un cabo de vela, Sid sedespertó; pero si es que tuvo alguna idea de hacer«alusiones personales», lo pensó mejor y seestuvo quieto..., pues en los ojos de Tom había un brilloamenazador. Tom se metió en la cama sin añadir a susenojos el de rezar, y Sid apuntó en su memoria estaemisión.

Capítulo IV

El sol selevantó sobre un mundo tranquilo y lanzó susesplendores, como una bendición, sobre el pueblecitoapacible. Acabado el desayuno, tía Pollyreunió a la familia para las prácticas religiosas,las cuales empezaron por una plegaria construida, desde el cimientohasta arriba, con sólidas hiladas de citas bíblicas,trabadas con un débil mortero de originalidad; y desde sucúspide, como desde un Sinaí, recitó un adustocapítulo de la ley mosaica.

Tom seapretó los calzones, por decirlo así, y se puso atrabajar para «aprenderse sus versículos». Sidse los sabía ya desde días antes. Tomreconcentró todas sus energías para grabar en sumemoria cinco nada más, y escogió un trozo delSermón de la Montaña porque no pudo encontrar otrosversículos que fueran tan cortos.

Al cabo de mediahora tenía una idea vaga y general de la lección,pero nada más, porque su mente estaba revoloteando por todaslas esferas del pensamiento humano, y sus manos, ocupadas enabsorbentes y recreativas tareas. Mary lecogió el libro para tomarle la lección, y éltrató de hacer camino entre la niebla.

-Bienaventuradoslos..., los...

-Pobres...

-Sí,pobres; bienaventurados los pobres de..., de...

-Espíritu...

-Deespíritu; bienaventurados los pobres de espíritu,porque ellos..., ellos...

-De ellos...

-Porque deellos... Bienaventurados los pobres de espíritu porque deellos... será el reino de los cielos. Bienaventurados losque lloran, porque ellos..., porque ellos...

-Re...

-Porque ellosre...

-Reci...

-Porque ellosreci... ¡No sé lo que sigue!

-Recibirán...

-¡Ah! Porqueellos recibirán..., recibirán..., los que lloran.Bienaventurados los que recibirán, porque ellos...llorarán, porque recibirán... ¿Quérecibirán? ¿Por qué no me lo dices,Mary? ¿Por qué eres tantacaña?

-¡Ay Tom,simple! No creas que es por hacerte rabiar. No soy capaz. Tienesque volver a estudiarlo. No te apures, Tom; ya veráscómo lo aprendes; y si te lo sabes, te voy a dar una cosapreciosa. ¡Anda!, a ver si eres bueno.

-Bien; pues dimelo que me vas a dar, Mary. ¡Dime lo quees!

-Eso no importa,Tom. Ya sabes que cuando prometo algo es de verdad.

Te creo,Mary. Voy a darle otra mano.

Y se la dio; ybajo la doble presión de la curiosidad y de la prometidaganancia, lo hizo con tal ánimo que tuvo un éxitodeslumbrador. Mary le dio una flamantenavaja «Barlow» quevalía doce centavos y medio, y las convulsiones de deleiteque corrieron por su organismo lo conmovieron hasta los cimientos.Verdad es que la navaja era incapaz de cortar cosa alguna; pero erauna «Barlow» de las«de verdad», y en eso había imponderablegrandiosidad..., aunque de dónde sacarían la idea losmuchachos del Oeste de que tal arma pudiera llegar a serfalsificada con menoscabo para ella, es un grave misterio yquizá lo será siempre. Tom logró hacer algunoscortes en el aparador, y se preparaba a empezar con la mesa deescribir cuando le llamaron para vestirse y asistir a la escueladominical.

Mary le dio una jofaina de estaño yun trozo de jabón, y él salió fuera de lapuerta y puso la jofaina en un banquillo que allíhabía; después mojó el jabón en el aguay lo colocó sobre el banco; se remangó los brazos,vertió suavemente el agua en el suelo, y enseguidaentró en la cocina y empezó a restregarsevigorosamente con la toalla que estaba tras la puerta. PeroMary se la quitó y le dijo:

-¿No te davergüenza, Tom? No seas tan malo. No tengas miedo al agua.

Tom sequedó un tanto desconcertado. Llenaron de nuevo la jofaina yesta vez Tom se inclinó sobre ella, sin acabar de decidirse;reuniendo ánimos, hizo una profunda aspiración, yempezó. Cuando entró a poco en la cocina, con losojos cerrados, buscando a tientas la toalla, un honroso testimoniode agua y burbujas de jabón le corría por la cara ygoteaba en el suelo. Pero cuando salió a luz de entre latoalla aún no estaba aceptable, pues el territorio limpioterminaba de pronto en la barbilla y las mandíbulas, como unantifaz, y más allá de esa línea habíauna oscura extensión de terreno de secano que corríahacia abajo por el frente y hacia atrás, dando la vuelta alpescuezo. Mary le cogió porsu cuenta, y cuando acabó con él era un hombre nuevoy un semejante, sin distinción de color, y el pelo empapadoestaba cuidadosamente cepillado, y sus cortos rizos ordenados paraproducir un general efecto simétrico y coquetón (asolas se alisaba los rizos con gran dificultad y trabajo, y sedejaba el pelo pegado a la cabeza, porque tenía los rizospor cosa afeminada y los suyos le amargaban la existencia).Mary sacó después un trajeque Tom sólo se había puesto los domingos, durantedos años. Le llamaban «el otro traje», y porello podemos deducir lo sucinto de su guardarropa. La muchacha«le dio un repaso». Después que él sehubo vestido; le abotonó la chaqueta hasta la barbilla; levolvió el ancho cuello de la camisa sobre los hombros; lecoronó la cabeza, después de cepillarlo, con unsombrero de paja moteado. Parecía, después, mejoradoy atrozmente incómodo; y no lo estaba menos de lo queparecía, pues había en el traje completo y en lalimpieza una sujeción y entorpecimiento que le atormentaban.Tenía la esperanza de que Mary no seacordaría de los zapatos, pero resultó fallida; selos untó concienzudamente con una capa de sebo, segúnera el uso, y se los presentó. Tom perdió lapaciencia, y protestó de que siempre le obligaban a hacer loque no quería. Pero Mary le dijo,persuasiva.

-Anda, Tom;sé un buen chico.

Y Tom se los puso,gruñendo. Mary se arreglóenseguida, y los tres niños marcharon a la escueladominical, lugar que Tom aborrecía con toda su alma; pero aSid y a Mary les gustaba.

Las horas de laescuela eran de nueve a diez y media, y despuésseguía el oficio religioso. Dos de los niños sequedaban siempre, voluntariamente, al sermón, y el otrosiempre se quedaba también..., por más contundentesrazones. Los asientos, sin tapizar, y altos de respaldo, de laiglesia podrían acomodar unas trescientas personas; eledificio era pequeño e insignificante, con una especie decucurucho de tablas puesto por montera, a guisa de campanario. Alllegar a la puerta, Tom se echó un paso atrás yabordó a un compinche, también endomingado

-Oye, Bill, ¿tienes un vale amarillo?

-Sí.

-¿Qué quieres por él?

-¿Qué me das?

-Un cacho deregaliz y un anzuelo.

-Enséñalos.

Tom lospresentó. Eran aceptables, y las pertenencias cambiaron demano. Después hizo el cambalache de un par de canicas portres vales rojos, y de otras cosillas por dos azules. Salióal encuentro de otros muchachos, según iban llegando, ydurante un cuarto de hora siguió comprando vales de diversoscolores. Entró en la iglesia, al fin, con un enjambre dechicos y chicas, limpios y ruidosos; se fue a su silla einició una riña con el primer muchacho queencontró a mano. El maestro, hombre grave, ya entrado enaños, intervino; después volvió la espalda unmomento, y Tom tiró del pelo al rapaz que teníadelante, y ya estaba absorto en la lectura de su libro cuando lavíctima miró hacia atrás; pinchó a untercero con un alfiler, para oírle chillar, y sellevó nueva reprimenda del maestro. Durante todas las clasesTom era siempre el mismo: inquieto, ruidoso y pendenciero. Cuandollegó el momento de dar las lecciones, ninguno se lassabía bien y había que irles apuntando durante todoel trayecto. Sin embargo, fueron saliendo trabajosamente del paso,y a cada uno se le recompensaba con vales azules, en los queestaban impresos pasajes de las Escrituras. Cada vale azul era elprecio de recitar dos versículos; diez vales azulesequivalían a uno rojo, y podían cambiarse por uno deéstos; diez rojos equivalían a uno amarillo, y pordiez vales amarillos el superintendente regalaba una Biblia,modestamente encuadernada (valía cuarenta centavos enaquellos tiempos felices), al alumno. ¿Cuántos de mislectores hubieran tenido laboriosidad y constancia para aprendersede memoria dos mil versículos, ni aun por una Biblia de lasilustradas por Doré? Y sin embargo, Maryhabía ganado dos de esa manera: fue la paciente labor de dosaños, y un muchacho de estirpe germánica habíaconquistado cuatro o cinco. Una vez recitó tres milversículos sin detenerse; pero sus facultades mentales nopudieron soportar tal esfuerzo y se convirtió en un idiota,o poco menos, desde aquel día: dolorosa pérdida parala escuela, pues en ocasiones solemnes, y delante decompañía, el superintendente sacaba siempre a aquelchico y (como decía Tom) «le abría laespita». Sólo los alumnos mayorcitos llegaban aconservar los vales y a persistir en la tediosa labor bastantetiempo para lograr una Biblia, y por eso la entrega de uno de estospremios era un raro y notable acontecimiento. El alumno premiadoera un personaje tan glorioso y conspicuo por aquel día, queen el acto encendía en el pecho de cada escolar una ardienteemulación, que solía durar un par de semanas. Esposible que el estómago mental de Tom nunca hubiera sentidoverdadera hambre de uno de esos premios, pero no hay duda de quemucho tiempo atrás había anhelado con toda su alma lafama y el éclat o brillo que traía consigo.

Al llegar elmomento preciso, el superintendente se colocó en pie frenteal púlpito, teniendo en la mano un libro de himnos cerrado yel dedo índice inserto entre sus hojas, y reclamósilencio. Cuando un superintendente de escuela dominical pronunciasu acostumbrado discursito, un libro de himnos en la mano es tannecesario como el inevitable papel de música en la de uncantor que avanza hasta las candilejas para ejecutar un solo,aunque el porqué sea un misterio, puesto que ni el libro niel papel son nunca consultados por el paciente. Estesuperintendente era un ser enjuto, de unos treinta y cincoaños, con una sotabarba de estopa y pelo corto del mismocolor; llevaba un cuello almidonado y tieso, cuyo borde le llegabahasta las orejas y cuyas agudas puntas se curvaban hacia adelante ala altura de las comisuras de los labios: una tapia que le obligabaa mirar fijamente a proa y a dar la vuelta todo el cuerpo cuandoera necesaria una mirada lateral. Tenía la barbillaapuntalada por un amplio lazo de corbata de las dimensiones de unbillete de Banco y con flecos en los bordes, y las punteras de lasbotas dobladas hacia arriba, a la moda del día, como patinesde trineo, resultado que conseguían los jóveneselegantes, con gran paciencia y trabajo, sentándose con laspuntas de los pies apoyadas contra la pared y permaneciendoasí horas y horas. Míster Walters tenía un aire de ardorosointerés y era sincero y cordial en el fondo, y considerabalas cosas y los lugares religiosos en tal reverencia y tan apartede los afanes mundanos, que, sin que se diera cuenta de ello, lavoz que usaba en la escuela dominical había adquirido unaentonación peculiar, que desaparecía por completo enlos días de entre semana. Empezó de esta manera;

-Ahora,niños, os vais a estar sentados, todo lo derechitos yquietos que podáis, y me vais a escuchar con todaatención durante dos minutos. ¡Así, asíme gusta! Así es como los buenos niños y lasniñas tienen que estar. Estoy viendo a una pequeñaque mira por la ventana: me temo que se figura que yo ando porahí fuera, acaso en la copa de uno de esos árboles,echando un discurso a los pajaritos. (Risitas deaprobación). Necesito deciros el gozo que me causa vertantas caritas alegres y limpias reunidas en un lugar comoéste, aprendiendo a hacer buenas obras y a ser buenos.

Y siguiópor la senda adelante. No hay para qué resaltar el resto dela oración. Era de un modelo que no cambia, y por eso nos esfamiliar a todos.

El últimotercio del discurso se malogró en parte por habersereanudado las pendencias y otros escarceos entre algunos de loschicos más traviesos, y por inquietudes y murmullos que seextendían cada vez más, llegando su oleaje hasta lasbases aisladas e inconmovibles rocas, como Sid y Mary. Pero todo ruido cesó derepente al extinguirse la voz de míster Walters, y el término del discursofue recibido con una silenciosa explosión de gratitud.

Buena parte de loscuchicheos había sido originada por un acontecimientomás o menos raro: la entrada de visitantes. Eranéstos el abogado Thatcher acompañado por un ancianodecrépito, un gallardo y personudo caballero de pelo gris,entrado en años, y una señora solemne que era, sinduda, la esposa de aquél. La señora llevaba unaniña de la mano. Tom había estado intranquilo y llenode angustias y aflicciones, y aun de remordimientos; nopodía cruzar su mirada con la de AmyLawrence ni soportar las que ésta ledirigía. Pero cuando vio a la niña reciénllegada, el alma se le inundó de dicha. Un instantedespués estaba «presumiendo» a todamáquina: puñadas a los otros chicos, tirones depelos, contorsiones con la cara, en una palabra: empleando todaslas artes de seducción que pudieran fascinar a laniña y conseguir su aplauso. Su loca alegría notenía más que una mácula: el recuerdo, escritoen la arena, iba siendo barrido rápidamente por las oleadasde felicidad que en aquel instante pasaban sobre él. Se dioa los visitantes el más encumbrado asiento de honor, y tanpronto como míster Walters terminó sudiscurso, los presentó a la escuela. El caballero del pelogris resultó ser un prodigioso personaje: nada menos que eljuez del condado; sin duda, el ser más augusto en que losniños habían puesto nunca sus ojos. Y pensaban dequé sustancia estaría formado, y hubieran deseadooírle rugir, y hasta tenían un poco de miedo de quelo hiciera. Había venido desde Constantinopla, a doce milmillas de distancia, y, por consiguiente, había viajado yhabía visto mundo; aquellos mismos ojos habíancontemplado la Casa de Justicia del Condado, la que se decíaque tenía el techo de cinc. El temeroso pasmo que inspirabanestas reflexiones se atestiguaba por el solemne silencio y por lasfilas de ojos abiertos en redondo. Aquél era el gran juezThatcher, hermano del abogado de la localidad. Jeff Thatcher se adelantó enseguidapara mostrarse familiar con el grande hombre y excitar la envidiade la escuela. Música celestial hubiera sido para susoídos escuchar los comentarios.

-¡Mírale, Jim! Se va arriba conellos. ¡Mira, mira!, va a darle la mano. ¡Ya se la da!¡Lo que darías tú por ser Jeff!

MísterWalters se puso a «presumir»con toda suerte de bullicios y actividades oficialescas, dandoórdenes, emitiendo juicios y disparando instruccionesaquí y allá y hacia todas partes donde podíaencontrar un blanco. El bibliotecario «presumió»corriendo de acá para allá con brazadas de libros, ycon toda la barahúnda y aspavientos en que se deleita laautoridad-insecto. Las señoritas instructoras«presumieron» inclinándose melosamente sobreescolares a los que acababan de tirar de las orejas, levantandodeditos amenazadores delante de los muchachos malos y dandoamorosas palmaditas a los buenos. Los caballeretes instructores«presumían» prodigando regañinas y otraspequeñas muestras de incansable celo por la disciplina, yunos y otros tenían grandes quehaceres en lalibrería, que los obligaban a ir y venir incesantemente y,al parecer, con gran agobio y molestia. Las niñas«presumían» de mil distintos modos, y losrapaces «presumían» con tal diligencia quellenaban el aire los proyectiles de papel y rumor de reyertas. Ycerniéndose sobre todo ello, el grande hombre seguíasentado, irradiaba una majestuosa sonrisa judicial sobre toda laconcurrencia y se calentaba al sol de su propia grandeza, puesestaba «presumiendo» también. Sólo unacosa faltaba para hacer el gozo de míster Walters completo, y era la ocasiónde dar el premio de la Biblia y exhibir un fenómeno. Algunosescolares tenían vales amarillos, pero ninguno teníalos necesarios: ya había él investigado entre lasestrellas de mayor magnitud. Hubiera dado todo el oro del mundo, enaquel momento, porque le hubieran restituido, con la menterecompuesta, aquel muchacho alemán.

Y entonces, cuandohabía muerto toda esperanza, Tom Sawyerse adelantó con nueve vales amarillos, nueve vales rojos ydiez azules, y solicitó una Biblia. Fue un rayo cayendo deun cielo despejado. Walters no esperaba unapetición semejante, de tal persona, en los próximosdiez años. Pero no había que darle vueltas:allí estaban los vales y era moneda legal. Tom fue elevadoen el acto al sitio que ocupaban el juez y los demáselegidos, y la gran noticia fue proclamada desde el estrado. Era lamás pasmosa sorpresa de la década, y tan hondasensación produjo, que levantó al héroe nuevohasta la altura misma del héroe judicial. Todos los chicosestaban muertos de envidia; pero los que sufrían másagudos tormentos eran los que se daban cuenta, demasiado tarde, deque ellos mismos habían contribuido a aquella odiosaapoteosis por ceder sus vales a Tom a cambio de riquezas quehabía amontonado vendiendo permisos para enjalbegar.Sentían desprecio por sí mismos por haber sidovíctimas de un astuto defraudador, de una embaucadoraserpiente escondida en la hierba.

El premio fueentregado a Tom con toda la efusión que el superintendente,dando a la bomba, consiguió hacer subir hasta la superficieen aquel momento; pero le faltaba algo del genuino surtidorespontáneo, pues el pobre hombre se daba cuenta,instintivamente, de que allí había un misterio quequizá no podría resistir fácilmente la luz.Era simplemente absurdo pensar que aquel muchacho teníaalmacenadas en su granero dos mil gavillas de sabiduríabíblica, cuando una docena bastarían, sin duda, paraforzar y distender su capacidad. Amy Lawrenceestaba orgullosa y contenta y trató de hacérselo vera Tom, pero no había modo de que la mirase. No, no adivinabala causa; después se turbó un poco; enseguida laasaltó una vaga sospecha, y se disipó y tornóa surgir. Vigiló atenta; una furtiva mirada fue unarevelación, y entonces se le encogió elcorazón, y experimentó celos y rabia, y brotaronlágrimas, y sintió aborrecimiento por todos, ymás que por nadie, por Tom.

El cual fuepresentado al juez, pero tenía la lengua paralizada,respiraba con dificultad y le palpitaba el corazón; enparte, por la imponente grandeza de aquel hombre; pero sobre todoporque era el padre de ella. Hubiera querido postrarse anteél y adorarlo, si hubieran estado a oscuras. El juez le pusola mano sobre la cabeza y le dijo que era un hombrecito deprovecho, y le preguntó cómo se llamaba. El chicotartamudeó, abrió la boca, y lo echófuera:

-No, Tom, no...;es...

-Thomas.

-Eso es. Yapensé yo que debía de faltar algo. Bien está.Pero algo te llamarás además de eso, y me lo vas adecir, ¿no es verdad?

-Dile a estecaballero tu apellido, Thomas -dijo Walters-; ydile, además, «señor». No olvides lasbuenas maneras.

-ThomasSawyer, señor.

-¡Muy bien!Así hacen los chicos buenos. ¡Buen muchacho! ¡Unhombrecito de provecho! Dos mil versículos son muchos,muchísimos. Y nunca te arrepentirás del trabajo quete costó aprenderlos, pues el saber es lo que másvale en el mundo; él es el que hace los grandes hombres ylos hombres buenos; tú serás algún díaun hombre grande y virtuoso, Thomas, y entonces miraráshacia atrás y has de decir: «Todo se lo debo a lasventajas de la inapreciable escuela dominical, en mi niñez;todo se lo debo a mis queridos profesores, que me enseñarona estudiar; todo se lo debo al buen superintendente, que mealentó y se interesó por mí y me regalóuna magnífica y lujosa Biblia para mí solo;¡todo lo debo a haber sido bien educado!» Esodirás, Thomas, y por todo el oro del mundo no daríasesos dos mil versículos. No, no los darías. Y ahora,¿querrás decirnos a esta señora y a míalgo de lo que sabes? Ya sé que nos lo dirás, porquea nosotros nos enorgullecen los niños estudiosos.Seguramente sabes los nombres de los doce discípulos.¿No quieres decirnos cómo se llamaban los dosprimeros que fueron elegidos?

Tom se estabatirando de un botón, con aire borreguil. Se ruborizóy bajó los ojos. Míster Walters empezó a trasudar,diciéndose a sí mismo: «No es posible que elmuchacho conteste a la menor pregunta... ¡En qué horase le ha ocurrido al juez examinarlo!» Sin embargo, secreyó obligado a intervenir, y dijo:

-Contesta a esteseñor, Thomas. No tengas miedo. Tom continuómudo.

-Me lo va a decira mí -dijo la señora-. Los nombres de los dosprimeros discípulos fueron...

-¡David yGoliat!

Dejemos caer unvelo compasivo sobre el resto de la escena.

Capítulo V

A eso de las diezy media la campana de la iglesita empezó a tañer convoz cascada, y la gente fue acudiendo para el sermónmatinal. Los niños de la escuela dominical se distribuyeronpor toda la iglesia, sentándose junto a sus padres, paraestar bajo su vigilancia. Llegó tía Polly, y Tom, Sid y Maryse sentaron a su lado. Tom fue colocado del lado de la nave paraque estuviera lo más lejos posible de la ventana abierta yde las seductoras perspectivas del campo en un día deverano. La multitud iba llenando la iglesia: el administrador deCorreos, un viejecito venido a menos y que había conocidotiempos mejores; el alcalde y su mujer -pues teníanallí alcalde, entre las cosas innecesarias-; el juez de paz.Después entró la viuda de Douglas, guapa, elegante, cuarentona,generosa, de excelente corazón y rica, cuya casa en el monteera el único palacio de los alrededores, y ella la personamás hospitalaria y desprendida para dar fiestas, de las queSan Petersburgo se podía envanecer; el encorvado y venerablecomandante Ward y su esposa; elabogado Riverson, nueva notabilidad en el pueblo. Entródespués la más famosa belleza local, seguida de unaescolta de juveniles tenorios vestidos de dril y muy peripuestos;siguieron todos los horteras del pueblo, en corporación,pues habían estado en el vestíbulo chupando lospuños de sus bastones y formando un muro circular de carasbobas, sonrientes, acicaladas y admirativas, hasta que laúltima muchacha cruzó bajo su batería; ydetrás de todos, el niño modelo WillieMufferson, acompañando a su madre con tanexquisito cuidado como si fuera de cristal de Bohemia. Siemprellevaba a su madre a la iglesia, y era el encanto de todas lasmatronas. Todos los muchachos le aborrecían, a tal punto erabueno; y además porque a cada uno se lo habían«echado en cara» mil veces. La punta delblanquísimo pañuelo le colgaba del bolsillo como porcasualidad. Tom no tenía pañuelo, y consideraba atodos los chicos que lo usaban como unos cursis. Reunidos ya todoslos fieles, tocó una vez más la campana, paraestimular a los rezagados y remolones, y se hizo un solemnesilencio en toda la iglesia, sólo interrumpido por lasrisitas contenidas y los cuchicheos del coro, allá en lagalería. El coro siempre se reía y cuchicheabadurante el servicio religioso. Hubo una vez un coro de iglesia queno era mal educado, pero se me ha olvidado en dónde. Ya hacede ello muchísimos años y apenas puedo recordar nadasobre el caso, pero creo que debió de ser en elextranjero.

El pastorindicó el himno que se iba a cantar, y lo leyó,deleitándose en ello, en un raro estilo, pero muy admiradoen aquella parte del país. La voz comenzaba en un tonomedio, y se iba alzando, alzando, hasta llegar a un cierto punto;allí recalcaba con recio énfasis la palabra quequedaba en la cúspide, y se hundía de pronto comodesde un trampolín:

¿He de llegar yo a loscielos pisando nardos

y rosas,

mientras otros van luchando entremares

borrascosas?


Se le teníapor un pasmoso lector. En las «fiestas de sociedad» quese celebraban en la iglesia se le pedía siempre que leyeseversos, y cuando estaba en la faena, las señoras levantabanlas manos y las dejaban caer desmayadamente en la falda, y cerrabanlos ojos, y sacudían las cabezas como diciendo: «Esindecible; es demasiado hermoso; ¡demasiado hermoso para estemísero mundo!».

Después delhimno, el reverendo míster Sprague setrocó a sí mismo en un tablón de anuncios yempezó a leer avisos de mítines y de reuniones ycosas diversas, de tal modo que parecía que la lista iba aestirarse hasta el día del juicio: extraordinaria costumbreque aún se conserva en América, hasta en las mismasciudades, aun en esta edad de abundantes periódicos. Ocurrea menudo que cuando menos justificada está una costumbretradicional, más trabajo cuesta desarraigarla.

Y despuésel pastor oró. Fue una plegaria de las buenas, generosa ydetalladora: pidió por la Iglesia y por los hijos de laiglesia; por las demás iglesias del pueblo; por el propiopueblo; por el condado; por el Estado; por los funcionarios delEstado; por los Estados Unidos; por las iglesias de los EstadosUnidos; por el Congreso; por el Presidente; por los empleados delGobierno; por los pobres navegantes, en tribulación en elproceloso mar; por los millones de oprimidos que gimen bajo eltalón de las monarquías europeas y de losdéspotas orientales; por los que tienen ojos y no ven, yoídos y no oyen; por los idólatras en las lejanasislas del mar; y acabó con una súplica de que laspalabras que iba a pronunciar fueran recibidas con agrado y fervory cayeran como semillas en tierra fértil, dando abundosacosecha de bienes. Amén.

Hubo un movimientogeneral, rumor de faldas, y la congregación, quehabía permanecido en pie, se sentó. El muchacho cuyoshechos se relatan en este libro no saboreó la plegaria: nohizo más que soportarla, si es que llegó a tanto.Mientras duró, estuvo inquieto; llevó cuenta de losdetalles inconscientemente -pues no escuchaba, pero se sabíael terreno de antiguo y la senda que de ordinario seguía elcura por él-, y cuando se injertaba en la oración lamenor añadidura, su oído la descubría y todosu ser se rebelaba contra ello. Consideraba las adiciones comotrampas y picardías. Hacia la mitad del rezo se posóuna mosca en el respaldo del banco que estaba delante del suyo, yle torturó el espíritu frotándose con todacalma las patitas delanteras; abrazándose con ellas lacabeza y cepillándola con tal vigor que parecía queestaba a punto de arrancarla del cuerpo, dejando ver el tenuehilito del pescuezo; restregándose las alas con las patas deatrás y amoldándoselas al cuerpo como si fueran losfaldones de un chaqué, puliéndose yacicalándose con tanta tranquilidad como si se diese cuentade que estaba perfectamente segura. Y así era en verdad,pues aunque Tom sentía en las manos una irresistiblecomezón de atraparla, no se atrevía: creía detodo corazón que sería instantáneamenteaniquilado si hacía tal cosa en plena oración. Peroal llegar la última frase empezó a ahuecar la mano ya adelantarla con cautela, y al mismo instante de decirse el«amén», la mosca era un prisionero de guerra. Latía le vio y le obligó a soltarla.

El pastorcitó el texto sobre el que iba a versar el sermón, yprosiguió con monótono zumbido de moscardón, alo largo de una homilía tan apelmazada que a poco muchosfieles empezaron a dar cabezadas, y sin embargo, en «elsermón» se trataba de infinito fuego y llamassulfurosas, y se dejaban reducidos los electos y predestinados a ungrupo tan escaso que casi no valía la pena de salvarlos. Tomcontó las páginas del sermón; al salir de laiglesia siempre sabía cuántas habían sido,pero casi nunca sabía nada más acerca del discurso.Sin embargo, esta vez hubo un momento en que llegó ainteresarse de verás. El pastor trazó un cuadrosolemne y emocionante de la reunión de todas las almas deeste mundo en el milenio, cuando el león y el corderoyacerían juntos y un niño pequeño losconduciría. Pero lo patético, lo ejemplar, lamoraleja del gran espectáculo, pasaron inadvertidos para elrapaz: sólo pensó en el conspicuo papel delprotagonista y en lo que se luciría a los ojos de todas lasnaciones; se le iluminó la faz con tal pensamiento, y sedijo a sí mismo todo lo que daría por poder serél aquel niño, si el león estaba domado.

Despuésvolvió a caer en abrumador sufrimiento cuando elsermón siguió su curso. Se acordó de pronto deque tenía un tesoro, y lo sacó. Era un voluminosoinsecto negro, una especie de escarabajo con formidablesmandíbulas: un «pillizquero», segúnél lo llamaba. Estaba encerrado en una caja de pistones. Loprimero que hizo el escarabajo fue cogerle de un dedo.Siguió un instintivo papirotazo; el escarabajo cayódando tumbos en medio de la nave, y se quedó panza arriba, yel dedo herido fue, no menos rápido, a la boca de sudueño. El animalito se quedó allí, forcejeandoinútilmente con las patas, incapaz de dar la vuelta. Tom noapartaba de él la mirada, con ansia de cogerlo, pero estabaa salvo, lejos de su alcance. Otras personas, aburridas delsermón, encontraron alivio en el escarabajo y tambiénse quedaron mirándolo.

En aquel momentoun perro de lanas, errante, llegó con aire desocupado,amodorrado con la pesadez y el calor de la canícula,fatigado de la cautividad, suspirando por un cambio de sensaciones.Descubrió el escarabajo; el rabo colgante se irguió yse cimbreó en el aire. Examinó la presa; dio unavuelta en derredor; la olfateó desde una prudente distancia;volvió a dar otra vuelta en torno; se envalentonó, yla olió de más cerca; despuésenseñó los dientes y le tiró una dentelladatímida, sin dar en el blanco; le tiró otra embestida,y después otra; la cosa empezó a divertirle; setendió sobre el estómago, con el escarabajo entre laszarpas, y continuó sus experimentos; empezó asentirse cansado, y después, indiferente y distraído,comenzó a dar cabezadas de sueño, y poco a poco elhocico fue bajando y tocó a su enemigo, el cual loagarró en el acto. Hubo un aullido estridente, una violentasacudida de la cabeza del perro, y el escarabajo fue a caer un parde varas más adelante, y aterrizó, como la otra vez,de espaldas. Los espectadores vecinos se agitaron con un suaveregocijo interior; varias caras se ocultaron tras abanicos ypañuelos, y Tom estaba en la cúspide de la felicidad.El perro parecía desconcertado, y probablemente lo estaba;pero tenía además resentimiento en el corazóny sed de venganza. Se fue, pues, al escarabajo, y de nuevoemprendió contra él un cauteloso ataque, dando saltosen su dirección desde todos los puntos del compás,cayendo con las manos a menos de una pulgada del bicho,tirándole dentelladas cada vez más cercanas ysacudiendo la cabeza hasta que las orejas le abofeteaban. Pero secansó, una vez más, al poco rato; trató desolazarse con una mosca, pero no halló consuelo;siguió a una hormiga, dando vueltas con la nariz pegada alsuelo, y también de eso se cansó enseguida;bostezó, suspiró, se olvidó por completo delescarabajo... ¡y se sentó encima de él! Seoyó entonces un desgarrador alarido de agonía, y elperro salió disparado por la nave adelante; los aullidos seprecipitaban, y el perro también; cruzó la iglesiafrente al altar, y volvió, raudo, por la otra nave;cruzó frente a las puertas; sus clamores llenaban la iglesiaentera; sus angustias crecían al compás de suvelocidad, hasta que ya no era más que un lanoso cometa,lanzado en su órbita con el relampagueo y la velocidad de laluz. Al fin, el enloquecido mártir se desvió de sutrayectoria y saltó al regazo de su dueño;éste lo echó por la ventana, y el alarido de pena fuehaciéndose más débil por momentos ymurió en la distancia.

Para entonces todala concurrencia tenía las caras enrojecidas y se atosigabancon reprimida risa, y el sermón se había atascado,sin poder seguir adelante. Se reanudó enseguida, peroavanzó claudicante y a empellones, porque se habíaacabado toda posibilidad de producir impresión, pues losmás graves pensamientos eran constantemente recibidos conalguna ahogada explosión de profano regocijo, a cubierto delrespaldo de algún banco lejano, como si el pobrepárroco hubiese dicho alguna gracia excesivamentesalpimentada. Y todos sintieron como un alivio cuando el trancellegó a su fin y el cura echó labendición.

Tom fue a casacontentísimo, pensando que había un cierto agrado enel servicio religioso cuando se intercalaba en él una miajade variedad. Sólo había una nube en su dicha: seavenía a que el perro jugase con el«pillizquero», pero no conceptuaba decente y recto quese lo hubiese llevado consigo.

Capítulo VI

La mañanadel lunes encontró a Tom Sawyer afligido.Las mañanas de los lunes le hallaban siempre así,porque eran el comienzo de otra semana de lento sufrir en laescuela. Su primer pensamiento en esos días era lamentar quese hubiera interpuesto un día festivo, pues eso hacíamás odiosa la vuelta a la esclavitud y al grillete.

Tom sequedó pensando. Se le ocurrió que ojaláestuviese enfermo: así se quedaría en casa sin ir ala escuela. Había allí una vaga posibilidad.Pasó revista a su organismo. No aparecía enfermedadalguna, y lo examinó de nuevo. Esta vez creyó quepodía barruntar ciertos síntomas de cólico, ycomenzó a alentarlos con grandes esperanzas. Pero se fuerondebilitando y desaparecieron a poco. Volvió a reflexionar.De pronto hizo un descubrimiento: se le movía un diente. Erauna circunstancia feliz, y estaba a punto de empezar a quejarse,«para dar la alarma», como él decía,cuando se le ocurrió que si acudía ante el tribunalcon aquel argumento, su tía se lo arrancaría, y esole iba a doler. Decidió, pues, dejar el diente en reservapor entonces y buscar por otro lado. Nada se ofreció por elmomento; pero después se acordó de haber oídoal médico hablar de una cierta cosa que tuvo a un pacienteen cama dos o tres semanas y le puso en peligro de perder un dedo.Sacó de entre las sábanas un pie, en el quetenía un dedo malo, y procedió a inspeccionarlo; perose encontró con que no conocía los síntomas dela enfermedad. Le pareció, sin embargo, que valía lapena intentarlo, y rompió a sollozar con granenergía...

Pero Sidcontinuó dormido, sin darse cuenta.

Tom sollozócon más brío, y se le figuró que empezaba asentir dolor en el dedo enfermo.

Ningúnefecto en Sid.

Tom estaba yajadeante de tanto esfuerzo. Se tomó un descanso, seproveyó de aire hasta inflarse, y consiguió lanzaruna serie de quejidos admirables.

Sid seguíaroncando.

Tom estabaindignado. Le sacudió, gritándole: «¡Sid,Sid!» Ese método dio resultado, y Tom comenzó asollozar de nuevo. Sid bostezó, se desperezó,después se incorporó sobre un codo, dando unrelincho, y se quedó mirando fijamente a Tom. El cualsiguió sollozando.

-¡Tom!¡Oye, Tom! -le gritó Sid. No obtuvo respuesta.

-¡No, Sid,no! -gimoteó Tom-. ¡No me toques!

-¿Qué te pasa? Voy a llamar a la tía.

-No, no importa.Ya se me pasará. No llames a nadie.

-Sí, tengoque llamarla. No llores así, Tom, que me da miedo.¿Cuánto tiempo hace que estás así?

-Horas. ¡Ay!No me muevas, Sid, que me matas.

-¿Porqué no me llamaste antes? ¡No, Tom, no! ¡No tequejes así, que me pones la carne de gallina!¿Qué es lo que te pasa?

-Todo te loperdono, Sid. (Quejido). Todo lo que me has hecho. Cuandome muera...

-¡Tom!¡Que no te mueres! ¿Verdad? ¡No, no!Acaso...

-Perdono a todos,Sid. Díselo. (Quejido). Y Sid, le das mi falleba ymi gato tuerto a esa niña nueva que ha venido al pueblo, yle dices...

Pero Sid, asiendode sus ropas, se había ido. Tom estaba sufriendo ahora deveras -con tanta buena voluntad estaba trabajando suimaginación-, y así, sus gemidos habíanllegado a adquirir un tono genuino.

Sid bajóvolando las escaleras, y gritó

-¡TíaPolly, corra! ¡Tom se estámuriendo!

-¿Muriendo?

-¡Sí,tía!... ¡De prisa, de prisa!

-¡Pamplinas!No lo creo.

Pero corrióescaleras arriba, sin embargo, con Sid y Mary ala zaga. Y había palidecido además, y le temblabanlos labios. Cuando llegó al lado de la cama dijo, sinaliento:

-¡Tom!¿Qué es lo que te pasa?

-¡Ay!¡tía, estoy...!

-¿Qué tienes? ¿Qué es lo quetienes?

-¡Ay,tía, tengo el dedo del pie irritado!

La anciana sedejó caer en una silla y rió un poco, lloróotro poco, y después hizo ambas cosas a un tiempo. Esto latranquilizó, y dijo:

-Tom,¡qué rato me has dado! Ahora, basta de esastonterías y a levantarse a escape.

Los gemidoscesaron y el dolor desapareció del dedo. El muchacho sequedó corrido, y añadió:

-TíaPolly, parecía que estaba irritado,y me hacía tanto daño que no me importaba nada deldiente.

-¿Eldiente? ¿Qué es lo que le pasa al diente?

-Tengo uno que semenea y me duele una barbaridad.

Calla, calla; noempieces la murga otra vez. Abre la boca. Bueno; pues se te menea,pero por eso no te has de morir. Mary,tráeme un hilo de seda y un tizón encendido delfogón.

-¡Por Dios,tía! ¡No me lo saques, que ya no me duele! ¡Queno me mueva de aquí si es mentira! ¡No me lo saques,tía! Que no es que quiera quedarme en casa y no ir a laescuela.

-¡Ah!,¿de veras? De modo que toda esta trapatiesta ha sido por noir a la escuela y marcharte a pescar, ¿eh? ¡Tom, Tom,tanto como yo te quiero, y tú tratando de matarme adisgustos con tus bribonadas!

Para entonces yaestaban prestos los instrumentos de cirugía dental. Laanciana sujetó el diente con un nudo corredizo y atóel otro extremo del hilo a un poste de la cama. Cogiódespués el tizón hecho ascuas, y de pronto loarrimó a la cara de Tom, casi hasta tocarle. El dientequedó balanceándose en el hilo, colgado delposte.

Pero todas laspenas tienen sus compensaciones. Camino de la escuela,después del desayuno, Tom causó la envidia de cuantoschicos le encontraron porque la mella le permitía escupir deun modo nuevo y admirable. Fue reuniendo un cortejo de rapacesinteresados en aquella habilidad, y uno de ellos, que sehabía cortado un dedo y había sido hasta aquelmomento un centro de fascinante atracción, seencontró de pronto sin un solo adherente y desnudo de sugloria. Sintió encogérsele el corazón y dijo,con fingido desdén, que era cosa de nada escupir como Tom;pero otro chico le contestó: «¡Estánverdes!», y él se alejó solitario, como unhéroe olvidado.

Pocodespués se encontró Tom con el paria infantil deaquellos contornos, Huckleberry Finn, hijodel borracho del pueblo. Huckleberry eracordialmente aborrecido y temido por todas las madres, porque eraholgazán, y desobediente, y ordinario y malo..., y porquelos hijos de todas ellas lo admiraban tanto y se deleitaban en suvedada compañía y se sentían no atreverse aser como él. Tom se parecía a todos los muchachosdecentes en que envidiaba a Huckleberry suno disimulada condición de abandonado, en que habíarecibido órdenes terminantes de no jugar con él. Poreso jugaba con él en cuanto tenía ocasión.Huckleberry andaba siempre vestido con losdesechos de gente adulta, y su ropa parecía estar en unaperenne floración de jirones, toda llena de flecos ycolgajos. El sombrero era una vasta ruina con media ala de menos;la chaqueta, cuando la tenía, le llegaba cerca de lostalones; un solo tirante le sujetaba los calzones, cuyo fondillo lecolgaba muy abajo, como una bolsa vacía, y eran tan largosque sus bordes deshilachados se arrastraban por el barro cuando nose los remangaba. Huckleberry iba yvenía según su santa voluntad. Dormía en losquicios de las puertas en el buen tiempo, y si llovía, enbocoyes vacíos; no tenía que ir a la escuela o a laiglesia, y no reconocía amo ni señor, ni teníaque obedecer a nadie; podía ir a nadar o de pesca cuando levenía en gana y estarse todo el tiempo que se le antojaba;nadie le impedía andar a cachetes; podía trasnocharcuando quería; era el primero en ir descalzo en primavera yel último en ponerse zapatos en otoño; notenía que lavarse nunca ni ponerse ropa limpia, sabíajurar prodigiosamente. En una palabra: todo lo que hace la vidaapetecible y deliciosa lo tenía aquel muchacho. Asílo pensaban todos los chicos, acosados, cohibidos, decentes de SanPetersburgo. Tom saludó al romántico proscrito.

-¡Hola,Huckleberry!

-¡Hola,tú! Mira a ver si te gusta.

-¿Qué es lo que tienes?

-Un gatomuerto.

-Déjameverlo, Huck. ¡Mira qué tiesoestá! ¿Dónde lo encontraste?

-Se locambié a un chico.

-¿Qué le diste por él?

-Un vale azul yuna vejiga que me dieron en el matadero.

-¿Y dedónde sacaste el vale azul?

-Se locambié a Ben Rogers hace dos semanaspor un bastón.

-Dime:¿para qué sirven los gatos muertos, Huck?

-¿Servir?Para curar verrugas.

-¡No!¿Es de veras? Yo sé una cosa que es mejor.

-¿A que no?Di lo que es.

-Pues agua deyesca.

-¡Agua deyesca! No daría un pito por agua de yesca.

-¿Que no?¿Has hecho la prueba?

-Yo no. Pero BobTanner la hizo.

-¿Quién te lo ha dicho?

-Pues él selo dijo a Jeff Thatcher, yJeff se lo dijo a JohnnyBaker, y Johnny a JimHollis, y Jim a Ben Rogers, y Ben se lo dijo a un negro, y elnegro me lo dijo a mí. ¡Conque ahí tienes!

-Bueno, ¿yqué hay con eso? Todos mienten. Por lo menos, todos, a noser el negro; a ése no le conozco. Pero no he conocido a unnegro que no mienta. Y dime, ¿cómo lo hizo BobTanner?

-Pues fue ymetió la mano en un tronco podrido donde había aguade lluvia.

-¿Por eldía?

-Por eldía.

-¿Con lacara vuelta al tronco?

-Puede quesí.

-¿Y dijoalguna cosa?

-Me parece que no.No lo sé.

-¡Ah!¡Vaya un modo de curar verrugas con agua de yesca! Eso nosirve para nada. Tiene uno que ir solo en medio del bosque, dondesepa que hay un tronco con agua, y al dar la medianoche, tumbarsede espaldas en el tronco y meter la mano dentro y decir:

¡Tomates, tomates, tomates ylechugas

agua de yesca, quítame lasverrugas!

y enseguida dar once pasos deprisa, y después dar tres vueltas, y marcharse a casa sinhablar con nadie. Porque si uno habla, se rompe el hechizo.

-Bien, parece unbuen remedio; pero no es como lo hizo Bob Tanner.

-Ya lo creo queno. Como que es el más plagado de verrugas del pueblo, y notendría ni una si supiera manejar lo del agua de yesca.Así me he quitado yo de las manos más de mil. Comojuego tanto con ranas, me salen siempre a montones. Algunas vecesme las quito con una judía.

-Sí, lasjudías son buenas. Ya lo he hecho yo.

-¿Sí? ¿Y cómo te las arreglas?

-Pues se coge lajudía y se la parte en dos y se saca una miaja de sangre dela verruga; se moja con ella un pedazo de judía, y se haceun agujero en una encrucijada hacia medianoche, cuando no hayaluna, y después se quema el otro pedazo. Pues oye: el pedazoque tiene la sangre tira, tira, para juntarse al otro pedazo, y esoayuda a la sangre a tirar de la verruga, y enseguida lasarranca.

-Así es,Huck; es verdad. Pero si cuando loestás enterrando dices: «¡Abajo la judía,fuera la verruga!», es mucho mejor. Así como lo haceJoe Harper, que ha ido hasta cerca deCoonville, y casi a todas partes. Perodime: ¿cómo las curas tú con gatosmuertos?

-Pues coges elgato y vas y subes al camposanto, cerca de medianoche, donde hayanenterrado a alguno que haya sido muy malo; y al llegar lamedianoche vendrá un diablo a llevárselo o, puedaser, dos o tres; pero uno no los ve, no se hace más queoír algo, como si fuera el viento, o se les llega aoír hablar; y cuando se estén llevando al enterrado,les tiras el gato y dices; «Diablo, sigue al difunto; gato,sigue al diablo; verruga, sigue al gato, ya acabécontigo!» No queda ni una.

-Parece bien.¿Lo has probado, Huck?

-No; pero me lodijo la tía Hopkins, la vieja.

-Pues, entonces,verdad será, porque dicen que es bruja.

-¿Dicen?¡Si yo sé que lo es! ¡Fue la que embrujóa mi padre! Él mismo lo dice. Venía andando undía y vio que le estaba embrujando; así es quecogió un peñasco y si no se desvía allíla deja. Pues aquella misma noche rodó por un cobertizo,donde estaba durmiendo borracho, y se partió un brazo.

-¡Quécosa más tremenda! ¿Cómo conoció que leestaba embrujando?

-Mi padre loconoce a escape. Dice que cuando le miran a uno fijo leestán embrujando, y más si cuchichean. Porque sicuchichean es que están diciendo el«Padrenuestro» al revés.

-Y dime,Huck, ¿cuándo vas a probarcon ese gato?

-Esta noche.Apuesto a que vienen a llevarse esta noche a HossWilliams.

-Pero leenterraron el sábado. ¿No crees que se lollevarían el mismo sábado por la noche?

-¡Vamos,hombre! ¡No ves que no tienen poder hasta medianoche, y paraentonces ya es domingo! Los diablos no andan mucho por ahílos domingos, se me figura.

-No se mehabía ocurrido. Así tiene que ser. ¿Me dejasir contigo?

-Ya lo creo..., sino tienes miedo.

-¡Miedo!Vaya una cosa... ¿Mayarás?

-Sí, ytú me contestarás con otro mayido. La últimavez me hiciste estar mayando hasta que el tío Hays empezó a tirarme piedras y adecir: «¡Maldito gato!» Así es quecogí un ladrillo y se lo metí por la ventana, pero nolo digas.

-No lodiré. Aquella noche no pude mayar porque mi tía meestaba acechando, pero esta vez mayaré. Di, Huck: ¿qué es eso quetienes?

-Nada, unagarrapata.

-¿Dónde la has cogido?

-Allá en elbosque.

-¿Qué quieres por ella?

-No sé. Noquiero cambiarla.

-Bueno. Es unagarrapatilla que no vale nada.

-¡Bah!Cualquiera puede echar por el suelo una garrapata que no es suya. Amí me gusta. Para mí, buena es.

-Hay todas las quese quieran. Podía tener yo mil si me diera la gana.

-¿Y porqué no las tienes? Pues porque no puedes. Ésta es unagarrapata muy temprana. Es la primera que he visto esteaño.

-Oye, Huck: te doy mi diente por ella.

-Enséñalo.

Tom sacó unpapelito y lo desdobló cuidadosamente. Huckleberry lo miró codicioso. Latentación era muy grande. Al fin dijo:

-¿Es deverdad?

Tom levantóel labio y le enseñó la mella.

-Bueno -dijoHuckleberry-, trato hecho.

Tom encerróla garrapata en la caja de pistones que había sido laprisión del «pillizquero», y los dos muchachosse separaron, sintiéndose ambos más ricos queantes.

Cuando Tomllegó a la casita aislada, de madera, donde estaba laescuela, entró con apresuramiento, con el aire de uno quehabía llegado con diligente celo. Colgó el sombreroen una percha y se precipitó en su asiento con afanosaactividad. El maestro, entronizado en su gran butaca desfondada,dormitaba arrullado por el rumor del estudio. Lainterrupción lo despabiló:

Thomas Sawyer!

Tom sabíaque cuando le llamaban por el nombre y apellido era signo detormenta.

-¡Servidor!

-Ven aquí.¿Por qué llega usted tarde, como de costumbre? Tomestaba a punto de cobijarse en una mentira, cuando vio dos largastrenzas de pelo dorado colgando por una espalda quereconoció por amorosa simpatía magnética, yjunto a aquel pupitre estaba el único lugarvacante, en el lado de la escuela destinado a lasniñas.

Al instantedijo:

-Me he estadohablando con Huckleberry Finn.

Al maestro se leparalizó el pulso y se quedó mirándoleatónito, sin pestañear. Cesó el zumbido delestudio. Los discípulos se preguntaban si aquel temerariorapaz había perdido el juicio. El maestro dijo:

-¿Hasestado..., haciendo qué?

-Hablando conHuckleberry Finn. La declaraciónera terminante.

-ThomasSawyer, ésta es la más pasmosaconfesión que jamás oí: no basta la palmetapara tal ofensa. Quítate la chaqueta.

El maestrosolfeó hasta que se le cansó el brazo, y laprovisión de varas disminuyó notablemente.Después siguió la orden.

-Y ahora se vausted a sentar con las niñas. Y que le sirva esto deescarmiento.

El jolgorio y lasrisas que corrían por toda la escuela parecíanavergonzar al muchacho; pero en realidad su rubor másprovenía de su tímido culto por el ídolodesconocido y del temeroso placer que le proporcionaba su buenasuerte. Se sentó en la punta del banco de pino y laniña se apartó bruscamente de él, volviendo aotro lado la cabeza. Codazos y guiños y cuchicheos llenabanla escuela; pero Tom continuaba inmóvil, con los brazosapoyados en el largo pupitre que tenía delante, absorto, alparecer, en su libro. Poco a poco se fue apartando de él laatención general, y el acostumbrado zumbido de la escuelavolvió a elevarse en el ambiente soporífero.

Después elmuchacho empezó a dirigir furtivas miradas a la niña.Ella le vio, le hizo un «hocico» y le volvió elcogote por un largo rato. Cuando cautelosamente volvió lacara, había un melocotón ante ella. Lo apartóde un manotazo; Tom volvió a colocarlo suavemente en elmismo sitio; ella lo volvió a rechazar de nuevo, pero sintanta hostilidad; Tom, pacientemente, lo puso donde estaba yentonces ella lo dejó estar. Tom garrapateó en supizarra: «Cógelo. Tengo más».

La niñaechó una mirada al letrero, pero siguió impasible.Entonces el muchacho empezó a dibujar algo en la pizarra,ocultando con la mano izquierda lo que estaba haciendo. Durante unrato la niña no quiso darse por enterada, pero la curiosidadempezó a manifestarse en ella con imperceptiblessíntomas. El muchacho siguió dibujando, como si no sediese cuenta de lo que pasaba. La niña realizó undisimulado intento para ver, pero Tom hizo como que no loadvertía. Al fin se dio por vencida y murmuró,titubeando:

-Déjameverlo.

Tom dejóver en parte una lamentable caricatura de una casa, con un tejadoescamoso y un sacacorchos de humo saliendo por la chimenea.Entonces la niña empezó a interesarse en la obra y seolvidó de todo. Cuando estuvo acabada, la contempló ymurmuró

-Es muy bonita...Haz un hombre.

El artistaerigió delante de la casa un hombre que parecía unagrúa. Podía muy bien haber pasado por encima deledificio; pero la niña no era demasiado crítica, elmonstruo la satisfizo, y murmuró

-Es un hombre muybonito... Ahora píntame a mí llegando. Tomdibujó un reloj de arena con una luna llena encima y dospajas por abajo, y armó los desparramados dedos con unportentoso abanico. La niña dijo:

-¡Québien está!... ¡Ojalá supiera yo pintar!

-Es muyfácil -murmuró Tom-. Yo teenseñaré.

-¿De veras?¿Cuándo?

-Amediodía. ¿Vas a tu casa a almorzar?

-Si quieres, mequedaré.

-Muy bien,¡al pelo! ¿Cómo te llamas?

-Becky Thatcher.¿Y tú? ¡Ah, ya lo sé! ThomasSawyer.

-Así escomo me llaman cuando me zurran. Cuando soy bueno, me llamo Tom.Llámame Tom, ¿quieres?

-Sí.

Tom empezóa escribir algo en la pizarra, ocultándolo de laniña. Pero ella ya había abandonado el recato. Lepidió que la dejase ver. Tom contestó:

-No es nada.

-Sí, algoes.

-No, no es nada;no necesitas verlo.

-Sí, deveras que sí. Déjame.

-Lo vas acontar.

-No; de veras y deveras y de veras que no lo cuento.

-¿No se lovas a decir a nadie? ¿En toda tu vida lo has de decir?

-No, a nadie se lohe de decir. Déjame verlo.

-¡Ea! Nonecesitas verlo.

-Pues por ponerteasí, lo he de ver, Tom -y cogió la mano del muchachocon la suya y hubo una pequeña escaramuza. Tom fingióresistir de veras, pero dejaba correrse la mano poco a poco, hastaque quedaron al descubierto estas palabras: Te amo...

-¡Eres unmalo! -y le dio un fuerte manotazo; pero se puso encendida ypareció satisfecha, a pesar de todo.

Y en aquelinstante preciso sintió el muchacho que un torniquete lento,implacable, le apretaba la oreja y al propio tiempo lo levantaba enalto. Y en esa guisa fue llevado a través de la clase ydepositado en su propio asiento, entre las risas y la befa de todala escuela. El maestro permaneció cerniéndose sobreél, amenazador, durante unos instantes trágicos, y alcabo regresó a su trono, sin añadir palabra. Peroaunque a Tom le escocía la oreja, el corazón lerebosaba de gozo.

Cuando suscompañeros se calmaron, Tom hizo un honrado intento deestudiar; pero el tumulto de su cerebro no se lo permitía.Ocupó después su sitio en la clase de lectura, yaquello fue un desastre; después, en la clase degeografía, convirtió lagos en montañas,montañas en ríos y ríos en continentes, hastarehacer el caos; después, en la de escritura, donde fue«rebajado» por sus infinitas faltas y colocado elúltimo, tuvo que entregar la medalla de peltre quehabía lucido con ostentación durante algunosmeses.

Capítulo VII

Cuanto másahínco ponía Tom en fijar toda su atención enel libro, más se dispersaban sus ideas. Así es que,al fin, con un suspiro y un bostezo, abandonó elempeño. Le parecía que la salida de mediodíano iba a llegar nunca. Había en el aire una calma chicha. Nose movía una hoja. Era el más soñoliento delos días aplanadores. El murmullo adormecedor de losveinticinco escolares estudiando a la vez aletargaba elespíritu como con esa virtud mágica que hay en elzumbido de las abejas. A lo lejos, bajo el sol llameante, el monteCardiff levantaba sus verdes y suaves laderas a través de untembloroso velo de calina, teñido de púrpura por ladistancia; algunos pájaros se cernían perezosamenteen la altura, y no se veía otra cosa viviente fuera de unasvacas, y éstas profundamente dormidas.

Tom sentíaenloquecedoras ansias de verse libre, o al menos de hacer algointeresante para pasar aquella hora tediosa. Se llevódistraídamente la mano al bolsillo y su faz seiluminó con un resplandor de gozo que era unaoración, aunque él no lo sabía. La caja depistones salió cautelosamente a la luz. Libertó a lagarrapata y la puso sobre el largo y liso pupitre. El insectoprobablemente resplandeció también con una gratitudque equivalía a una oración, pero era prematura, puescuando emprendió, agradecido, la marcha para un largo viaje,Tom le desvió para un lado con un alfiler y le hizo tomaruna nueva dirección.

El amigo del almade Tom estaba sentado a su vera, sufriendo tanto como él, yal punto se interesó profunda y gustosamente en elentretenimiento. Este amigo del alma era JoeHarper. Los dos eran uña y carne seisdías de la semana y enemigos en campo abierto lossábados. Joe se sacó unalfiler de la solapa y empezó a prestar su ayuda paraejercitar a la prisionera. El deporte crecía eninterés por momentos. A poco Tom indicó que seestaban estorbando el uno al otro, sin que ninguno pudiera sacartodo el provecho a que la garrapata se prestaba. Así, pues,colocó la pizarra de Joe sobre elpupitre y trazó una línea por medio de arribaabajo.

-Ahora -dijo-,mientras esté en tu lado, puedes azuzarla y yo no memeteré con ella; pero si la dejas irse y se pasa a mi lado,tienes que dejarla en paz todo el rato que yo la tenga sin cruzarla raya.

-Está bien;anda con ella..., aguíjala.

La garrapata se leescapó a Tom y cruzó el ecuador. Joe la acosó un rato y enseguida sele escapó y cruzó otra vez la raya. Este cambio debase se repitió con frecuencia. Mientras uno de los chicoshurgaba a la garrapata con absorbente interés, el otromiraba con interés no menos intenso, juntas e inclinadas lasdos cabezas sobre la pizarra y con las almas ajenas a cuanto pasabaen el resto del mundo. Al fin la suerte pareció decidirsepor Joe. La garrapata intentaba este y aquel yel otro camino, y estaba tan excitada y anhelosa como los propiosmuchachos; pero una vez y otra, cuando Tom tenía ya lavictoria en la mano, como quien dice, y los dedos le remusgabanpara empezar, el alfiler de Joe, con diestrotoque, hacia virar a la viajera y mantenía laposesión. Tom ya no podía aguantar más. Latentación era irresistible; así es que estiróla mano y empezó a ayudar con su alfiler. Joe se sulfuró al instante.

-Tom,déjala en paz -dijo.

-Nada másque hurgarla una miaja, Joe.

-No, señor;eso no vale. Déjala quieta.

-No voy másque a tocarla un poco.

-Que la dejes, tedigo.

No quiero.

-Pues no latocas... Está en mi lado.

-¡Oye,tú, Joe! ¿Y dequién es la garrapata?

-A mí no meimporta. Está en mi lado y no tienes que tocarla.

-Bueno, pues¡a que la toco! Es mía y hago con ello lo que quiero.Y te aguantas.

Un tremendogolpazo descendió sobre las costillas de Tom, y su duplicadosobre las de Joe; y durante un minutosiguió saliendo polvo de las dos chaquetas, con granregocijo de toda la clase. Los chicos habían estadodemasiado absortos para darse cuenta de la suspensión que unmomento antes había sobrecogido a toda la escuela cuando elmaestro cruzó la sala de puntillas y se paródetrás de ellos. Había estado contemplando gran partedel espectáculo antes de contribuir por su parte aamenizarlo con un poco de variedad. Cuando se acabó laclase, a mediodía, Tom voló a donde estaba BeckyThatcher y le dijo al oído.

-Ponte el sombreroy di que vas a casa; cuando llegues a la esquina con las otras, teescabulles y das la vuelta por la calleja y vienes. Yo voy por elotro camino y haré lo mismo.

Así, cadauno de ellos se fue con un distinto grupo de escolares. Pocosmomentos después los dos se reunieron al final de lacalleja, y cuando volvieron a la escuela se hallaron dueñosy señores de ella. Se sentaron juntos, con la pizarradelante, y Tom dio a Becky el lápiz y le llevó lamano guiándosela, y así crearon otra casasorprendente. Cuando empezó a debilitarse su interésen el arte, empezaron a charlar.

-¿Te gustanlas ratas? -preguntó Tom.

-Lasaborrezco.

-Bien;también yo... cuando están vivas. Pero quiero decirlas muertas, para hacerlas dar vueltas por encima de la cabeza conuna guita.

-No; me gustanpoco las ratas, de todos modos. Lo que a mí me gusta esmasticar goma.

-¡Ya locreo! ¡Ojalá tuviera!

-¿De veras?Yo tengo un poco. Te dejaré masticar un rato, pero tienesque devolvérmela.

Así seconvino, y masticaron por turno, balanceando las piernas desde elbanco de puro gozosos.

-¿Has vistoalguna vez el circo? -dijo Tom.

-Sí, y mipapá me va a llevar otra vez si soy buena.

-Yo lo he vistotres o cuatro veces..., una barbaridad de veces. La iglesia no valenada para el circo. En el circo siempre está pasando algo.Yo voy a ser clown cuando sea grande.

-¿Deverdad? ¡Qué bien! Me gustan tanto, todos llenos depintura.

-Y ganan montonesde dinero..., casi un dólar por día; me lo ha dichoBen Rogers. Di, Becky, ¿has estadoalguna vez comprometida?

-¿Qué es eso?

-Pues comprometidapara casarse.

-No.

-¿Tegustaría?

-Me parece quesí. No sé. ¿Qué viene a ser?

-¿A ser?Pues es una cosa que no es como las demás. No tienesmás que decir a un chico que no vas a querer a nadiemás que a él, nunca, nunca, y entonces osbesáis y ya está.

-¿Besar?¿Para qué besarse?

-Pues,¿sabes?, es para... Bueno, siempre hacen eso.

-¿Todos?

-Todos, cuando sonnovios. ¿Te acuerdas de lo que escribí en lapizarra?

-...Sí.

-¿Qué era?

-No lo quierodecir.

-¿Noquieres decirlo?

-Sí...,sí..., pero otra vez.

-No, ahora.

-No, no...,mañana.

-Ahora, anda,Becky. Yo te lo diré al oído, muy callandito. Beckyvaciló, y Tom, tomando el silencio por asentimiento, lacogió por el talle y murmuró levemente la frase, conla boca pegada al oído de la niña. Y despuésañadió:

Ahora me lo dicestú al oído..., lo mismo que yo. Ella seresistió un momento, y después dijo:

Vuelve la carapara que no veas, y entonces lo haré. Pero no tienes quedecírselo a nadie. ¿Se lo dirás, Tom?¿De veras que no?

-No, de verdad queno. Anda, Becky.

Élvolvió la cara. Ella se inclinó tímidamente,hasta que su aliento agitó los rizos del muchacho, ymurmuró: «Te amo.» Después huyócorriendo por entre bancos y pupitres, perseguida por Tom, y serefugió al fin en un rincón, tapándose la caracon el delantalito blanco. Tom la cogió por el cuello.

-Ahora, Becky -ledijo, suplicante-, ya está todo hecho..., ya estátodo menos lo del beso. No tengas miedo de eso..., no tiene nada departicular. Hazme el favor, Becky.

Y le tiraba de lasmanos y del delantal.

Poco a poco fueella cediendo y dejó caer las manos; la cara, toda encendidapor la lucha, quedó al descubierto, y se sometió a lademanda. Tom besó los rojos labios y dijo:

-Ya estátodo acabado. Y ahora, después de esto, ya sabes no tienesque ser nunca novia de nadie sino mía, y no tienes quecasarte nunca con nadie más que conmigo.¿Quieres?

-Sí, nuncaseré novia de nadie ni me casaré más quecontigo, y tú no te casarás tampoco más queconmigo.

-Por supuesto. Esoes parte de la cosa. Y siempre, cuando vengas a la escuelao al irte a casa, tengo yo que acompañarte cuando nadie nosvea; y yo te escojo a ti y tú me escoges a mí entodas las fiestas, porque así hay que hacer cuando se esnovia.

-¡Québien! No lo había oído nunca.

-Es la mar dedivertido. Si supieras lo que Amy Lawrence yyo...

En los grandesojos que le miraban vio Tom la torpeza cometida, y se detuvo,confuso.

-¡Tom!¡Yo no soy la primera que ha sido tu novia! La muchachitaempezó a llorar.

-No llores, Becky-dijo Tom-. Ya no me importa nada de ella.

-Sí,sí; sí te importa, Tom..., tú sabes quesí.

Tom tratóde echarle un brazo en torno al cuello, pero ella lo rechazóy volvió la cara a la pared y siguió llorando. Hizoél otro intento, con persuasivas palabras, y ellavolvió a rechazarlo. Entonces se le alborotó elorgullo, y dio media vuelta y salió de la escuela. Sequedó un rato por allí, agitado y nervioso, mirandode cuando en cuando a la puerta, con la esperanza de que Becky searrepentiría y vendría a buscarlo. Pero no hubo talcosa. Entonces comenzó a afligirse y a pensar que la culpaera suya. Mantuvo recia lucha consigo mismo para decidirse a hacernuevos avances, pero al fin reunió ánimos para laempresa y entró en la escuela.

Beckyseguía aún en el rincón, vuelta de espaldas,sollozando, con la cara pegada a la pared. Tom sintióremordimientos. Fue hacia ella y se detuvo un momento sin saberqué hacer. Después dijo, vacilante:

-Becky, no megusta nadie sino tú.

No hubo másrespuesta que los sollozos.

-Becky-prosiguió implorante-, ¿no quieres responderme?Más sollozos.

Tom sacó sumás preciado tesoro, un boliche de latón procedentede un morillo de chimenea, y lo pasó entorno de laniña para que pudiera verlo.

-Becky -dijo-,hazme el favor de tomarlo.

Ella lotiró contra el suelo. Entonces Tom salió de laescuela y echó a andar hacia las colinas, muy lejos, para novolver más a la escuela por aquel día. Beckyempezó a barruntarlo. Corrió hacia la puerta: no sele veía por ninguna parte. Fue al patio de recreo; no estabaallí. Entonces gritó:

-¡Tom!¡Tom! ¡Vuelve!

Escuchóanhelosamente, pero no hubo respuesta. No tenía otracompañía que la soledad y el silencio. Sesentó, pues, a llorar de nuevo y a reprocharse por suconducta, y ya para entonces los escolares empezaban a llegar, ytuvo que ocultar su pena y apaciguar su corazón y queecharse a cuestas la cruz de toda una larga tarde de tedio ydesolación, sin nadie, entre los extraños que larodeaban, en quien confiar sus pesares.

Capítulo VIII

Tom seescabulló de aquí para allá por entre callejashasta apartarse del camino de los que regresaban a la escuela, ydespués siguió caminando lenta y desmayadamente.Cruzó dos o tres veces un regato, por ser creencia entre loschicos que cruzar agua desorientaba a los perseguidores. Media horadespués desapareció tras la mansión deDouglas, en la cumbre del monte, y yaapenas se divisaba la escuela en el valle, que iba dejandoatrás. Se metió por un denso bosque,dirigiéndose, fuera de toda senda, hacia el centro de laespesura, y se sentó sobre el musgo, bajo un roble de anchoramaje. No se movía la menor brisa; el intenso calor delmediodía había acallado hasta los cantos de lospájaros; la naturaleza toda yacía en un sopor noturbado por ruido alguno, a no ser, de cuando en cuando, por ellejano martilleo de un picamaderos, y aun esto parecía hacermás profundo el silencio, la obsesionante sensaciónde soledad. Tom era todo melancolía y su estado deánimo estaba a tono con la escena. Permaneció sentadolargo rato meditando, con los codos en las rodillas y la barbillaen las manos. Le parecía que la vida no era más queuna carga, y casi envidiaba a Jimmy Hodges,que hacía poco se había librado de ella. Quéapacible debía de ser, pensó, yacer y dormir ysoñar por siempre jamás, con el viento murmurando porentre los árboles y meciendo las flores y las hierbas de latumba, y no tener ya nunca, molestias ni dolores que sufrir. Si almenos tuviera una historia limpia, hubiera podido desear quellegase al fin y acabar con todo de una vez. Y en cuanto a Becky,¿qué había hecho él? Nada. Habíaobrado con la mejor intención del mundo y le habíantratado como a un perro. Algún día lo sentiríaella...; quizá cuando ya fuera demasiado tarde. ¡Ah,si pudiera morirse por unos días!

Pero elelástico corazón juvenil no puede estar mucho tiempodeprimido. Tom empezó insensiblemente a dejarse llevar denuevo por las preocupaciones de esta vida. ¿Quépasaría si de pronto volviese la espalda a todo ydesapareciera misteriosamente? ¿Si se fuera muy lejos, muylejos, a países desconocidos, más allá de losmares, y no volviese nunca? ¿Qué impresiónsentiría ella? La idea de ser clown le vino a las mientes; perosólo para rechazarla con disgusto, pues la frivolidad y lasgracias y los calzones pintarrajeados eran una ofensa cuandopretendían profanar un espíritu exaltado a la vaga,augusta región de lo novelesco. No; sería soldado,para volver al cabo de muchos años como un inválidoglorioso. No, mejor aún: se iría con los indios, ycazaría búfalos, y seguiría la «senda deguerra» en las sierras o en las vastas praderas del lejanoOeste, y después de mucho tiempo volvería hecho ungran jefe erizado de plumas, pintado de espantable modo, y seplantaría de un salto, lanzando un escalofriante grito deguerra, en la escuela dominical, una soñolientamañana de domingo, y haría morir de envidia a suscompañeros. Pero no, aún había algo másgrandioso: ¡sería pirata! ¡Eso sería! Yaestaba trazado su porvenir, deslumbrante y esplendoroso.¡Cómo llenaría su nombre el mundo yharía estremecerse a la gente! ¡Qué gloria lade hendir los mares procelosos con un rápido velero, elGenio de la Tempestad, con la terrible bandera flameandoen el tope! Y en el cenit de su fama aparecería de pronto enel pueblo, y entraría arrogante en la iglesia, tostado ycurtido por la intemperie, con su justillo y calzas de negroterciopelo, sus grandes botas de campana, su tahalíescarlata, el cinto erizado de pistolones de arzón, elmachete tinto en sangre al costado, el ancho sombrero conondulantes plumas, y desplegada la bandera negra ostentando lacalavera y los huesos cruzados, y oiría con orgullosodeleite los cuchicheos: «¡Éste es TomSawyer el Pirata! ¡El TenebrosoVengador de la América Española!»

Sí, eracosa resuelta; su destino estaba fijado. Se escaparía decasa para lanzarse a la aventura. Se iría a la siguientemañana. Debía empezar, pues, por reunir sus riquezas.Avanzó hasta un tronco caído que estaba allícerca y empezó a escarbar debajo de uno de sus extremos conel cuchillo Barlow. Prontotocó en madera que sonaba a hueco; colocó sobre ellala mano y lanzó solemnemente este conjuro:

-Lo que noestá aquí, que venga. Lo que estéaquí, que se quede.

Despuésseparó la tierra, y se vio una ripia de pino; laarrancó, y apareció debajo de una pequeña ybien construida cavidad para guardar tesoros, con el fondo y loscostados también de ripias. Había allí unacanica. ¡Tom se quedó atónito! Se rascóperplejo la cabeza y exclamó: «¡Nunca vi cosamás rara!»

Despuésarrojó lejos de sí la bola, con gran enojo, y sequedó meditando. El hecho era que había falladoallí una superstición que él y sus amigoshabían tenido siempre por infalible. Si uno enterraba unacanica con ciertos indispensables conjuros y la dejaba dos semanas,y después abría el escondite, con la fórmulamágica que él acababa de usar, se encontraba con quetodas las canicas que había perdido en su vida sehabían juntado allí, por muy esparcidas y separadasque hubieran estado. Pero esto acababa de fracasar allí y enaquel instante de modo incontrovertible y contundente. Todo eledificio de la fe de Tom quedó cuarteado hasta loscimientos. Había oído muchas veces que la cosahabía sucedido, pero nunca que hubiera fallado. No se leocurrió que él mismo había hecho ya la pruebamuchas veces, pero sin que pudiera encontrar el esconditedespués. Rumió un rato el asunto y decidió alfin que alguna bruja se había entrometido y roto elsortilegio. Para satisfacerse sobre este punto buscó porallí cerca hasta encontrar un montoncito de arena con unadepresión en forma de chimenea en el medio. Se echóal suelo, y acercando la boca al agujero, dijo:

¡Chinche holgazana, chincheholgazana, dime lo que quiero saber!

¡Chinche holgazana, chincheholgazana, dime lo que quiero saber!

La arenaempezó a removerse y a poco una diminuta chinche negraapareció un instante y enseguida se ocultóasustada.

«¡Nose atreve a decirlo! De modo que ha sido una bruja la que lo hahecho. Ya lo decía yo».

Sabía muybien la futilidad de contender con brujas; así es quedesistió, desengañado. Pero se le ocurrió queno era cosa de perder la canica que acababa de tirar, e hizo unapaciente rebusca. Pero no pudo encontrarla. Volvió entoncesal escondite de tesoros y, colocándose exactamente en lamisma postura en que estaba cuando la arrojó, sacóotra del bolsillo y la tiró en la misma dirección,diciendo: «Hermana, busca a tu hermana».

Observódónde se detenía, y fue al sitio y miró. Perodebió de haber caído más cerca o máslejos, y repitió otras dos veces el experimento. Laúltima dio resultado: las dos bolitas estaban a menos de unpie de distancia una de otra.

En aquel momentoel sonido de una trompetilla de hojalata se oyódébilmente bajo las bóvedas de verdura de la selva.Tom se despojó de la chaqueta y los calzones,convirtió un tirante en cinto, apartó unos matorralesde detrás del tronco caído, dejando ver un arco y unaflecha toscamente hechos, una espada de palo y una trompetatambién de hojalata, y en un instante cogió todasaquellas cosas y echó a correr, desnudo de piernas, con losfaldones de la camisa revoloteando. A poco se detuvo bajo un olmocorpulento, respondió con un toque de corneta, ydespués empezó a andar de aquí paraallá, de puntillas y con recelosa mirada, diciendo en vozbaja a una imaginaria compañía:

-¡Alto,valientes míos! ¡Seguid ocultos hasta que yotoque!

En aquel momentoapareció Joe Harper; tanparcamente vestido y tan formidablemente armado como Tom.Éste gritó:

-¡Alto!¿Quién osa penetrar en la selva de Therwood sin mi salvoconducto?

Guy de Guisborne no necesita salvoconductode nadie! ¿Quién sois que, que...

-... queosáis hablarme así? -dijo Tom, apuntando, pues amboshablaban de memoria, «por el libro».

-¡Soy yo!,Robin Hood, como vais a saber al punto, a costade vuestro menguado pellejo.

-¿Sois,pues, el famoso bandolero? Que me place disputar con vos los pasosde mi selva. ¡Defendeos!

Sacaron lasespadas de palo, echaron por tierra el resto de la impedimenta,cayeron en guardia, un pie delante del otro, y empezaron un grave ymetódico combate, golpe por golpe. Al cabo, exclamóTom

-¡Sisabéis manejar la espada, apresuraos!

Los dos «seapresuraron», jadeantes y sudorosos. A poco gritóTom:

-¡Cae!,¡cae! ¿Por qué no te caes?

-¡No me dala gana! ¿Por qué no te caes tú? Túeres el que va peor.

-Pero eso no tienenada que ver. Yo no puedo caer. Así no está en ellibro. El libro dice: «Entonces, con una estocada traicioneramató al pobre Guy de Guisborne».Tienes que volverte y dejar que te pegue en la espalda.

No era posiblediscutir tales autoridades, y Joe sevolvió, recibió el golpe y cayó portierra.

Ahora -dijolevantándose- tienes que dejarme que te mate a ti. Si no, novale.

-Pues no puedeser, no está en el libro.

-Bueno, pues esuna cochina trampa, eso es.

-Pues mira -dijoTom-, tú puedes ser el lego Tuck, oMuch, el hijo del molinero, y romperme unapata con una estaca; o yo seré el sheriff de Nottingham y túserás un rato Robin Hood, y mematas.

La propuesta eraaceptable, y así esas aventuras fueron representadas.Después Tom volvió a ser Robin Hoodde nuevo, y por obra de la traidora monja que le destapó laherida se desangró hasta la última gota. Y al finJoe, representando a toda una tribu debandoleros llorosos, se lo llevó arrastrando, y puso el arcoen sus manos exangües, y Tom dijo: «Donde esta flechacaiga, que entierren allí al pobre Robin Hood bajo el verde bosque».Después soltó la flecha y cayó de espaldas, yhubiera muerto; pero cayó sobre unas ortigas y seirguió de un salto, con harta agilidad para un difunto.

Los chicos sevistieron, ocultaron sus avíos bélicos y se echaron aandar, lamentándose de que ya no hubiera bandoleros ypreguntándose qué es lo que nos había dado lamoderna civilización para recompensarnos. Conveníanlos dos en que más hubieran querido ser un añobandidos en la selva de Sherwood que presidentesde los Estados Unidos por toda la vida.

Capítulo IX

Aquella noche, alas nueve y media como de costumbre, Tom y Sid fueron enviados a lacama. Dijeron sus oraciones, y Sid se durmió enseguida. Tompermaneció despierto, en intranquila espera. Cuando yacreía que era el amanecer, oyó al reloj dar las diez.Era para desesperarse. Los nervios le incitaban a dar vueltas yremoverse, pero temía despertar a Sid. Por esopermanecía inmóvil, mirando a la oscuridad. Todoyacía en una fúnebre quietud. Poco a poco fuerondestacándose del silencio ruidos apenas perceptibles. Eltictac del reloj empezó a hacerse audible; las añosasvigas, a crujir misteriosamente; en las escaleras también seoían vagos chasquidos. Sin duda los espíritus andabande ronda. Un ronquido discreto y acompasado salía del cuartode tía Polly. Y entonces elmonótono cri-cri de un grillo, que nadie podría decirde dónde venía, empezó a oírse.Después se oyó, en la quietud de la noche, el aullidolejano y lastimoso de un can; y otro aullido lúgubre,aún más lejos, le contestó. Tom sentíaangustias de muerte. Al fin pensó que el tiempo habíacesado de correr y que había empezado la eternidad;comenzó, a su pesar, a adormilarse; el reloj dio las once,pero no lo oyó. Y entonces, vagamente, llegó hastaél, mezclado con sus ensueños, aún informes,un tristísimo mayido. Una ventana que se abrió en lavecindad le turbó. Un grito de «¡Maldito gato!¡Vete!», y el estallido de una botella vacíacontra la pared trasera del cobertizo de la leñaacabó de despabilarle, y en un solo minuto estaba vestido,salía por la ventana y gateaba a cuatro pies por el tejado,que estaba al mismo nivel. Mayó dos o tres veces, con grancomedimiento; después saltó al tejado de laleñera, y desde allí al suelo. Huckleberry le esperaba con el gatomuerto. Los chicos se pusieron en marcha y se perdieron en laoscuridad. Al cabo de media hora estaban vadeando por entre la altahierba del cementerio.

Era un cementerioen el viejo estilo del Oeste. Estaba en una colina, a milla y mediade la población. Tenía como cerco una desvencijadavalla de tablas, que en unos sitios estaba derrumbada hacia dentroy en otros hacia fuera, y en ninguno derecha. Hierba y matorralessilvestres crecían por todo el recinto. Todas las sepulturasantiguas estaban hundidas en tierra; tablones redondeados por unextremo y roídos por la intemperie se alzaban hincados sobrelas tumbas, torcidos y como buscando apoyo, sin encontrarlo.«Consagrado a la memoria de Fulano de Tal» habíasido pintado en cada uno de ellos mucho tiempo atrás, peroya no se podía leer aunque hubiese habido luz para ello.

Una brisa tenuesusurraba entre los árboles, y Tom temía que pudieranser las ánimas de los muertos, que se quejaban de que no selos dejase tranquilos. Los dos chicos hablaban poco, y eso entredientes, porque la hora y el lugar y el solemne silencio en quetodo estaba envuelto oprimía sus espíritus.Encontraron el montoncillo recién hecho que buscaban y seescondieron bajo el cobijo de tres grandes olmos quecrecían, casi juntos, a poco trecho de la sepultura.

Despuésesperaron callados un tiempo que les pareció interminable.El graznido lejano de una lechuza era el único ruido querompía aquel silencio de muerte. Las reflexiones de Tom ibanhaciéndose fúnebres y angustiosas. Había quehablar de algo. Por eso dijo, en voz baja:

-Huck, ¿crees tú que a losmuertos no les gustará que estemos aquí?

Huckleberry murmuró:

-¡Quién lo supiera! Está esto de mucho respeto,¿verdad?

-Ya lo creo quesí.

Hubo una largapausa, mientras los muchachos controvertían el temainteriormente. Después, quedamente, prosiguióTom.

-Dime, Huck: ¿crees que HossWilliams nos oye hablar?

-Claro quesí. Al menos nos oye su espíritu.

Tom, al pocorato

-Ojaláhubiera dicho el señor Williams. Pero no fue con malaintención. Todo el mundo le llamaba Hoss.

-Hay que tenermucho ojo en cómo se habla de esta gente difunta, Tom.

Esto era un jarrode agua fría y la conversación se extinguióotra vez. De pronto Tom asió del brazo a sucompañero:

-¡Chist!...

-¿Qué pasa, Tom?-. Y los dos se agarraron el uno alotro, con los corazones sobresaltados.

-¡Chitón!... ¡Otra vez! ¿No lo oyes?

-Yo...

-¡Allí! ¿Lo oyes ahora?

-¡Diosmío, Tom, que vienen! Vienen, vienen de seguro.¿Qué hacemos?

-No sé,¿Crees que nos verán?

-Tom, ellos ven aoscuras, lo mismo que los gatos. ¡Ojalá no hubieravenido!

-No tengas miedo.No creo que se metan con nosotros. Ningún mal estamoshaciendo. Si nos estamos muy quietos, puede ser que no sefijen.

-Ya loharé, Tom; pero ¡tengo un temblor!

-¡Escucha!

Los chicosestiraron el cuello, con las cabezas juntas, casi sin respirar. Unapagado rumor de voces llegaba desde el otro extremo delcementerio.

-¡Mira!¡Mira allí! -murmuró Tom-. ¿Quées eso?

-Es un fuegofatuo. ¡Ay, Tom, qué miedo tengo!

Unas figurasindecisas se acercaban entre las sombras, balanceando una antigualinterna de hojalata, que tachonaba el suelo con fugitivas manchasde luz. Huck murmuró, con unestremecimiento:

-Son los diablos,son ellos. ¡Tom, es nuestro fin! ¿Sabes rezar?

-Lointentaré, pero no tengas miedo. No van a hacernosdaño. «Acógeme, Señor, en tuseno...»

-¡Chist!...

-¿Qué pasa, Huck?

-¡Sonhumanos! Por lo menos, uno. Uno tiene la voz de Muff Potter.

-No...; ¿esde veras?

-Le conozco muybien. No te muevas ni hagas nada. Es tan bruto que no nos ha denotar. Estará bebido, como siempre, el condenado.

-Bueno, meestaré quieto. Ahora no saben dónde ir. Ya vuelvenhacia acá. Ahora están calientes. Fríos otravez. Calientes. Calientes, que se queman. Esta vez van derechos.Oye, Huck, yo conozco otra de las voces..., esla de Joe el Indio.

-Es verdad...,¡ese mestizo asesino! Preferiría mejor que fuese eldiablo. ¿Qué andarán buscando?

Los cuchicheoscesaron de pronto, porque los tres hombres habían llegado ala sepultura y se pararon a pocos pasos del escondite de losmuchachos.

-Aquí es-dijo la tercera voz, y su dueño levantó la linternay dejó ver la faz del joven doctor Robinson.

Potter yJoe el Indio llevaban unas parihuelas y enellas una cuerda y un par de palas. Echaron la carga a tierra yempezaron a abrir la sepultura. El doctor puso la linterna a lacabecera y vino a sentarse recostado en uno de los olmos. Estabatan cerca que los muchachos hubieran podido tocarlo.

-¡De prisa,de prisa! -dijo en voz baja-. La luna va a salir de un momento aotro.

Los otros dosrespondieron con un gruñido, sin dejar de cavar. Durante unrato no hubo otro ruido que el chirriante de las palas al arrojar aun lado montones de barro y pedruscos. Era labor pesada. Al cabo,una pala tropezó con el féretro, con un golpe sordo,y dos minutos después los dos hombres lo extrajeron de latierra. Forzaron la tapa con las palas, sacaron el cuerpo y loecharon de golpe en el suelo. La luna apareció saliendo deentre unas nubes, e iluminó la faz lívida delcadáver. Prepararon las parihuelas y pusieron el cuerpoencima, cubierto con una larga manta, asegurándolo con lacuerda. Potter sacó una larga navaja de muelles,cortó un pedazo de cuerda que quedaba colgando ydespués dijo:

-Ya estáhecha esta condenada tarea, galeno; y ahora mismo alarga ustedotros cinco dólares, o ahí se queda eso.

-Así sehabla -dijo Joe el Indio.

-¡Cómo!, ¿qué quiere decir esto?-exclamó el doctor-. Me habéis exigido la pagaadelantada, y ya os he pagado.

-Sí, ymás que eso aún -dijo Joe,acercándose al doctor, que ya se había incorporado-.Hace cinco años me echó usted de la cocina de supadre una noche que fui a pedir algo de comer, y dijo que no iba yoallí a cosa buena; y cuando yo juré que me lohabía de pagar aunque me costase cien años, su padreme hizo meter en la cárcel por vagabundo. ¿Se figuraque se me ha olvidado? Para algo tengo la sangre india. ¡Yahora le tengo a usted cogido y tiene que pagar la cuenta!

Para entoncesestaba ya amenazando al doctor, metiéndole el puñopor la cara. El doctor le soltó de repente talpuñetazo que dejó al rufián tendido en elsuelo. Potter dejó caer la navaja y exclamó:

-¡Vamos aver! ¿Por qué pega usted a mi socio?- y un instantedespués se había lanzado sobre el doctor y los dosluchaban fieramente, pisoteando la hierba y hundiendo los talonesen el suelo blando. Joe el Indio seirguió de un salto, con los ojos relampagueantes de ira,cogió la navaja de Potter y, deslizándose agachadocomo un felino, fue dando vueltas en torno de los combatientes,buscando una oportunidad. De pronto el doctor se desembarazóde su adversario, agarró el pesado tablón clavado ala cabecera de la tumba de Williams, y deun golpe dejó a Potter tendido en tierra; y en el mismoinstante el mestizo aprovechó la ocasión yhundió la navaja hasta las cachas en el pecho del joven. Dioéste un traspiés y se desplomó sobre Potter,cubriéndolo de sangre, y en aquel momento las nubes dejaronen sombra el horrendo espectáculo y los dos muchachos,aterrados, huyeron veloces en la oscuridad.

Pocodespués, cuando la luna alumbró de nuevo, Joe el Indio estaba en pie junto a los doshombres caídos, contemplándolos. El doctorbalbuceó unas palabras inarticuladas, dio una larga boqueaday se quedó inmóvil. El mestizo murmuró:

-Aquella cuenta yaestá ajustada.

Despuésregistró al muerto y le robó cuanto llevaba en losbolsillos, y enseguida colocó la navaja homicida en la manoderecha de Potter, que la tenía abierta, y se sentósobre el féretro destrozado. Pasaron dos, tres, cuatrominutos, y entonces Potter comenzó a removerse,gruñendo. Cerró la mano sobre la navaja, lalevantó, la miró un instante y la dejó caerestremeciéndose. Después se sentó empujando alcadáver lejos de sí y fijó en él losojos, y luego miró alrededor aturdido. Sus ojos seencontraron con los de Joe.

-¡Cristo!¿Cómo es esto, Joe? -dijo.

-Es un mal negocio-contestó Joe sin inmutarse-.¿Para qué lo has hecho?

-¿Yo?¡No he hecho tal cosa!

-¿Cómo? ¿Ahora sales con ésas? Pottertembló y se puso pálido.

-Yo creíaque se me había pasado la borrachera. No debía haberbebido esta noche. Pero la tengo todavía en la cabeza...,peor que antes de venir aquí. No sé por dóndeme ando; no me acuerdo casi de nada. Dime, Joe..., palabra honrada: ¿lo hehecho yo? Nunca tuve tal intención; te lo juro por lasalvación de mi alma, Joe: no fue talmi intención. Dime cómo ha sido. ¡Daespanto!... ¡Y él, tan joven y que prometíatanto!

-Pues los dosandabais a golpes, y él te arreó uno con eltablón y caíste despatarrado; y entonces vas y televantas, dando tumbos y traspiés, y coges el cuchillo y selo clavas, en el momento justo en que él te daba otrotablonazo más fuerte; y ahí te has estado, mismamentecomo muerto, desde entonces.

-¡Ay!¡No sabía lo que me hacía! ¡Que me mueraaquí mismo si me di cuenta! Fue todo cosa del whisky y delacaloramiento, me figuro. Nunca usé un arma en mi vida. Hereñido, pero siempre sin armas. Todos pueden decirlo,Joe...; ¡cállate, no digasnada! Dime que no has de decir nada. Siempre fui parcial por ti,Joe, y estuve de tu parte, ¿no teacuerdas? ¿No dirás nada? -y el míserocayó de rodillas ante el desalmado asesino, suplicante, conlas manos cruzadas.

-No; siempre tehas portado derechamente conmigo, y no he de ir contra ti. Yaestá dicho; no se puede pedir más.

-Joe, eres un ángel. Te he debendecir por esto mientras viva -dijo Potter, rompiendo allorar.

-Vamos, basta yade gimoteos. No hay tiempo para andar en lloros. Tú telargas por ese camino y yo me voy por este otro. Andando, pues, yno dejes señal detrás de ti por donde vayas.

Potterarrancó con un trote que pronto se convirtió encarrera. El mestizo le siguió con la vista, y murmuróentre dientes:

-Si estátan atolondrado con el golpe y tan atiborrado de la bebida comoparece, no ha de acordarse de la navaja hasta que esté yatan lejos de aquí que tenga miedo de volver a buscarla solay en sitio como éste...; ¡gallina!

Unos minutosdespués, el cuerpo del hombre asesinado, el cadáverenvuelto en la manta, el féretro sin tapa y la sepulturaabierta, sólo tenían por testigo la luna. La quietudy el silencio reinaban de nuevo.

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Author: Clemencia Bogisich Ret

Last Updated: 10/18/2022

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